Hoy se cumplen 505 años de la caída de México-Tenochtitlán. La fecha oficial, la que aparece en los libros. Pero aquí, en el oriente del Valle de México, esa historia no es un dato lejano: es tierra que pisamos todos los días.
Ixtapaluca no fue espectador de la Conquista. Fue territorio en disputa. Tlapacoya, uno de los centros ceremoniales más importantes de Mesoamérica, servía de punto de vigilancia para avisar a Tenochtitlán cuando se acercaba gente extraña. Acozac, con su basamento dedicado a Ehécatl-Quetzalcóatl, fue asiento de pueblos acolhuas y mexicas. Y los chalcas —nuestros antepasados directos, los de esta franja oriental del valle— vivieron una relación con el imperio mexica que la historia no ha sabido resumir en una sola palabra: ¿aliados o rebeldes? Ambas cosas, según el momento. Como todo pueblo que ha tenido que sobrevivir entre poderes más grandes que él.
Por eso el 13 de agosto no debería servirnos solo para lamentar una derrota. Debería servirnos para reconocer algo más incómodo: que la resistencia, la negociación y la supervivencia también son parte de nuestra identidad. No solo el águila que cae; también el pueblo que se reacomoda, que aprende, que sigue de pie 500 años después reclamando su lugar.
Y aquí está el punto que no podemos evadir: ese mismo territorio —el que vio caer un imperio y nacer otro— hoy sigue esperando que el poder lo mire de frente. Ixtapaluca ha crecido más rápido que los servicios que recibe. Seguimos peleando por agua, por movilidad, por seguridad, por que las decisiones no se tomen siempre desde el centro y lleguen tarde, si es que llegan, a la periferia. La historia se repite si no la nombramos: durante siglos, este oriente del valle fue territorio de paso, de tributo, de recursos que se van hacia otro lado. La pregunta es si seguirá siéndolo.
Conmemorar la caída de Tenochtitlán no es un ejercicio de nostalgia. Es un espejo. Nos recuerda que identidad sin autonomía es solo folclor, y que un pueblo orgulloso de su historia tiene también la obligación de exigir su presente.
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Hoy, más que nunca, hay que decirlo sin adornos: no venimos de la derrota, venimos de la resistencia. Y esa herencia se honra construyendo, no solo recordando.




