Hay fechas que se niegan a morir en el fasto burocrático. El 5 de mayo de 1862 no es solo una victoria militar: es una categoría filosófica. Significa que un pueblo diezmado, mal armado y gobernado por facciones, fue capaz de decir “no” al imperio más poderoso de su tiempo. Ignacio Zaragoza, aquel joven de 33 años, no venció con tropas superiores ni con tecnología: venció con una certeza ética. La certeza de que la dignidad vale más que la sumisión. Ese principio republicano —la soberanía no se negocia— es el mismo que hoy debería iluminar nuestra reacción frente a la reciente operación encubierta de la CIA en Chihuahua, donde agentes extranjeros operaron al margen de nuestras leyes, como si el territorio mexicano fuera tierra de nadie.
Pero la soberanía no solo se mancha desde fuera. También se pudre desde dentro. Y aquí es donde la memoria del 5 de mayo se encuentra con la actualidad más cruda: la corrupción interna ha sido, durante décadas, el caballo de Troya que permite la injerencia extranjera. Un gobierno cómplice o débil frente a sus propios corruptos abre la puerta a que otros decidan por nosotros. Por eso la reciente clausura del VIII Congreso Nacional Extraordinario de Morena no es un simple relevo interno. Es, si se me permite el término, un acto de guerra contra la podredumbre.
Ahí vimos algo inédito: Luisa María Alcalde, después de entregar resultados contundentes al frente de la dirigencia nacional —elecciones ganadas, padrones limpios, disciplina financiera—, cedió el paso. No hubo aferramiento al poder, sino conciencia de proceso. En su lugar, la Asamblea Nacional designó a Ariadna Montiel, una mujer formada en la política del territorio, no en los reflectores. Y su primera declaración pública no fue un discurso hueco: fue una premisa casi quirúrgica: “No hay cabida para los corruptos”.
Filosóficamente, esta frase es un parteaguas. Porque durante décadas la corrupción fue el “pegamento” del sistema priista y luego del panismo: se toleraba al corrupto a cambio de lealtad. Morena, al menos en su discurso y ahora en su estructura, rompe con eso. La transición Alcalde-Montiel simboliza que los cargos no son botines, sino trincheras. Y que rendir resultados no es suficiente si no se acompaña de una purga ética.
Ahí resuena con toda su fuerza la cita que Epigmenio Ibarra lanzó en el mismo congreso, retomando a Ricardo Flores Magón: “Bienvenida sea la revolución. Bienvenida sea esa señal de vida, de vigor, de un pueblo que está al borde del sepulcro”. ¿Y qué es una revolución sino la capacidad de un pueblo de redefinir sus reglas cuando las viejas lo han llevado al borde del abismo? La operación de la CIA en Chihuahua nos puso al borde del sepulcro soberano. La corrupción enquistada nos puso al borde del sepulcro moral. La respuesta no puede ser tibia: tiene que ser revolucionaria.
Pero hay un acto que desafía al tiempo y lo resignifica. El pasado 5 de mayo, en la ciudad de Puebla —la misma que vio caer y levantarse a los fusiles franceses—, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo tomó protesta a 31,247 soldados formados en 168 centros de adiestramiento del país. No fue un acto protocolario. Fue un pronunciamiento tácito: la historia de México está marcada por la intervención extranjera y por las traiciones internas; por la ambición de imperios que aprovecharon nuestra fragilidad como nación para imponer sus intereses. Aquel 5 de mayo de 1862, el ejército francés no solo traía bayonetas: traía la certeza de que un país dividido y empobrecido no podía resistir. Y sin embargo, resistió. Porque la soberanía, cuando es consciente de sí misma, se vuelve indoblegable.
Hoy, la toma de protesta de esos 31,247 soldados en la misma fecha y el mismo lugar no es una coincidencia: es una advertencia y una promesa. La advertencia es para cualquier potencia —CIA incluida— que crea que puede violar nuestro territorio impunemente. La promesa es para los mexicanos: esta vez, la fragilidad no será excusa. Pero la reflexión filosófica más profunda nos lleva a reconocer que los imperios no solo vienen de fuera. La ambición, la traición y la fragilidad también germinan en casa.
Porque hay una verdad que duele y que pocos quieren enfrentar: en cada intervención extranjera, desde los franceses hasta la reciente operación de la CIA en Chihuahua, ha habido mexicanos que abren la puerta. No lo hacen por error, sino por cálculo. Son aquellos que, al no tener apoyo popular en su propio país —por corruptos, por antidemocráticos, por despreciar al pueblo—, buscan en el extranjero el salvavidas que la ciudadanía les niega. Como escribió Bertolt Brecht: "El vientre es aún fértil del que surgió la bestia inmunda": la barbarie no solo viene de fuera, se gesta en las entrañas de quienes entregan la patria por un escaño. El pensador chino Han Fei sentenció hace más de dos mil años: "El soberano que pide apoyo al enemigo para someter a su propio pueblo, ya no es soberano: es rehén". Quien busca en la CIA, en organismos extranjeros o en cualquier poder externo el respaldo que el pueblo le niega, no es un líder de oposición: es un rehén voluntario del imperio. Y un rehén, lo sabemos desde Puebla, jamás construye patria.
Por eso este 5 de mayo, mientras recordamos a Zaragoza, 31,247 soldados toman protesta en el mismo suelo heroico, no olvidemos la lección final: la soberanía se pierde primero adentro. Contra los enemigos externos tenemos ejército y conciencia. Contra los internos que invocan al extranjero por falta de arraigo popular, solo hay una respuesta: la revolución ética que Flores Magón celebró, la misma que Morena intenta sellar con "no hay cabida para los corruptos". Porque un pueblo que depura sus filas no necesita pedir permiso. Y una nación que honra su 5 de mayo no se arrodilla jamás, ni ante Francia, ni ante la CIA, ni ante sus propios traidores de corbata.
Pero fue la propia presidenta Claudia Sheinbaum Pardo quien, al cerrar la ceremonia en Puebla frente a esos 31,247 soldados, pronunció la frase que debería grabarse en la conciencia de cada mexicano: "La patria es primero". No es un eslogan. Es un principio metafísico: la patria no está después de los intereses de grupo, ni a la par de las ambiciones personales, ni mucho menos debajo de las injerencias extranjeras. La patria es primero en el orden de las lealtades. Antes que el partido, antes que el miedo, antes que el poder. Quien invoca a la CIA o a cualquier imperio por falta de arraigo popular, pone la patria en último lugar. Y esa inversión de valores, como enseñó Han Fei, convierte al soberano en rehén.
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Que la primera mujer presidenta de México lo diga en el aniversario de la Batalla de Puebla, ante una generación de soldados formados en 168 centros de adiestramiento, no es retórica: es una definición de existencia. La patria es primero. Contra los traidores internos que buscan afuera lo que el pueblo les niega, contra los imperios que acechan nuestra fragilidad, contra la corrupción que Morena promete extirpar con la premisa "no hay cabida para los corruptos": la respuesta es una sola. Bienvenida sea la revolución de Flores Magón. Bienvenida sea esa señal de vida de un pueblo al borde del sepulcro. Porque cuando la patria es lo primero, el sepulcro se convierte en trinchera. Y la trinchera, en victoria.




