El equipaje del desterrado siempre está a medio hacer; lo que se queda sufre el destino de lo inconcluso; de pronto tocar despedirse de personas y lugares, el arranque violento de la raíz se queda balbuceando siempre de lo “que hubiera sucedido de haberme quedado aquí”, la tierra donde encuentran asilo sus pasos; en tanto que le resulta novedosa es extraña, se carga con el peso de la melancolía. Esta es la razón por la que las y los poetas logran retratar el exilio con mayor hondura. Con el franquismo, España volvió a las páginas más oscuras de la edad media. Su inteligencia sufrió la muerte, la persecución y el exilio. México abrió sus puertas generoso y encontró resonancia en una generación extraordinaria de mujeres y hombres.
León Felipe Camino, encontró su hogar en México. Desde aquí cantó con claridad:
He sufrido y sufro el destierro…
Y soy hermano de todos los desterrados del mundo.
Pero su voz fue frontal con los responsables de la guerra y la muerte:
Franco… el sapo iscariote y ladrón en la silla del juez repartiendo castigos y premios, en nombre de Cristo, con la efigie de Cristo prendida del pecho,
y el hombre aquí, de pie, firme, erguido, sereno,
con el pulso normal, con la lengua en silencio,
los ojos en sus cuencas y en su lugar los huesos…
El sapo iscariote y ladrón repartiendo castigos y premios…
y yo, callado, aquí, callado, impasible, cuerdo…
¡cuerdo!, sin que se me quiebre el mecanismo del cerebro.
En sus poemas encontraremos una mezcla inquietante, la puntual denuncia social y la búsqueda de las grandes verdades de la vida como dios, la palabra, la historia, la experiencia humana. Todo ello escrito con un profundo desapego, con la mezcla de plegaria que trata de conjurar para detener los males del mundo y la blasfemia que se ríe de este intento:
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan
con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
La filosofía y la poesía se manifiestan en su poesía. El destierro le genera una condición amarga, de ello se lamenta en sus versos y en su vida cotidiana, pero también le da la sabiduría del que, víctima del desarraigo tiene cierta ligereza para encarar sus laberintos existenciales. Por eso nos dice:
La palabra es un ladrillo, ¿Me oísteis?… ¿Me ha oído usted, Señor Arcipreste?
Un ladrillo. El ladrillo para levantar la Torre… y la Torre
tiene que ser alta… alta, alta…
hasta que no pueda ser más alta.
Hasta que llegue a la última cornisa
de la última ventana
del último sol
y no pueda ser más alta.
Hasta que ya entonces no quede más que un ladrillo solo,
el último ladrillo… la última palabra,
Para tirárselo a Dios,
con la fuerza de la blasfemia o de la plegaria…
Y romperle la frente… a ver si dentro de su cráneo
Quizá te interese también leer:
está la Luz o está la Nada.
La poesía es el primer impulso y el último testamento. La voz del poeta entrecruza la nostalgia de lo perdido con el clamor de advertencia por el futuro. La puntual denuncia de los fascismos y la advertencia del riesgo con su regreso, pasa por leer a autores como León Felipe, que nos recuerdan que el franquismo y los estados confesionales -por desgracia- no son un capítulo con punto final. Tocará a nosotros frenarlos con la luz de la razón, con la fuerza de las artes y la solidaridad humana.




