Las inversiones en agua y saneamiento difícilmente acaparan los reflectores o las portadas de los diarios. Es una labor silenciosa, pero profundamente transformadora; de esas que no buscan el aplauso fácil, sino echar raíces para alcanzar la verdadera justicia social y el equilibrio ecológico. Participar activamente en la Mesa de Saneamiento del Río Santiago ha sido, para quienes militamos en este movimiento de transformación, un acto de congruencia histórica. Por primera vez en décadas, el gobierno no simula: nos hemos sentado en un espacio de diálogo horizontal, de igual a igual, con colectivos y ciudadanos para abordar, con rigurosidad técnica y alta responsabilidad política, una deuda histórica que el viejo régimen ignoró o mercantilizó. Para nosotros la postura es inamovible: el agua no es una mercancía, es un derecho natural que debe volver a manos del pueblo.
Mi compromiso con esta causa no es nuevo ni de coyuntura. Desde la Comisión de Planeación, Ordenamiento Territorial y Gestión del Agua en el Congreso de Jalisco, y ahora desde la Comisión de Recursos Hidráulicos, Agua y Saneamiento de la Cámara de Diputados, la consigna ha sido clara: legislar y gestionar para que el bienestar no se quede atrapado en la frialdad del papel. Este compromiso nace de la propia vivencia; como habitante de Tonalá, conozco de primera mano el dolor de ver el deterioro de nuestro entorno y la urgencia de rescatar el Río Azul. Las decisiones que tomamos en el servicio público no pueden nacer de un escritorio de espaldas a la realidad, sino del mandato popular y del respeto irrestricto a la naturaleza.
Sanear nuestras cuencas es, en el fondo, un acto de soberanía sobre el territorio. No se trata únicamente de limpiar el caudal, sino de frenar los abusos de quienes pretendieron privatizar hasta el bien común más elemental. Bajo esa visión humanista, hemos concretado batallas fundamentales en la región, como la defensa del Cerro de la Reina —un espacio sagrado y vital para la recarga acuífera de la zona— y la delimitación técnica de los acuíferos en El Barro, poniendo un alto al acaparamiento inmobiliario y comercial que por años secó nuestras comunidades.
La limpieza y recuperación del Río Azul es la prueba fehaciente de que las grandes transformaciones nacionales se construyen desde lo local, con la fuerza de la comunidad organizada.
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El saneamiento integral de una cuenca tan golpeada como la del Río Santiago es un desafío de largo aliento, pero las bases de la dignidad ambiental ya están sembradas. Los tiempos de la simulación, el silencio cómplice y los negocios al amparo del poder quedaron atrás. Hoy, en estrecha comunión con la ciudadanía, trabajamos para que el agua deje de ser el privilegio de unos cuantos y vuelva a ser lo que siempre debió ser: el motor de vida, salud y esperanza para todas y todos en Jalisco.




