A lo largo de la historia, cada gran salto tecnológico ha venido acompañado de una encrucijada ética y social. Desde los avances de la Revolución Industrial hasta nuestros días, la automatización ha planteado la misma pregunta de fondo ¿sirve la tecnología para emancipar a la humanidad o para incrementar el margen de ganancia de unos cuantos a costa del desempleo y la precarización de las mayorías? Ahora en 2026, con el avance acelerado de la inteligencia artificial y los procesos automatizados en los sectores productivos y de servicios, la discusión vuelve al centro del debate público con una urgencia relevante.
Durante el apogeo del modelo neoliberal, la respuesta del Estado ante la sustitución del trabajo humano era la resignación y el abandono. Se nos vendió el dogma de que el "progreso" implicaba inevitablemente la desarticulación de la clase trabajadora, la pérdida de puestos de trabajo y la reducción del ser humano a un costo operativo prescindible. Bajo la lógica del libre mercado, la innovación tecnológica se utilizó como garrote para abaratar la mano de obra y erosionar los derechos laborales conquistados tras décadas de lucha. Para la oligarquía financiera, la automatización nunca fue un instrumento de liberación del tiempo libre, sino una herramienta para aumentar la plusvalía eliminando el factor humano de la ecuación.
Hoy, en la consolidación del Segundo Piso de la Cuarta Transformación bajo el liderazgo de la Presidenta Claudia Sheinbaum, el abordaje de este fenómeno es radicalmente distinto. El Humanismo Mexicano parte de una premisa irrenunciable, el trabajo humano es el verdadero creador de valor y el corazón de la dignidad nacional. Ni el algoritmo más sofisticado ni la máquina más compleja pueden sustituir la conciencia, el intelecto, la sensibilidad y el esfuerzo diario de las y los trabajadores que mueven a México. La inteligencia artificial y la tecnología no pueden ser vistas como un fin mercantil en sí mismas, sino como instrumentos que deben estar subordinados al bienestar colectivo y al desarrollo soberano de la nación.
Frente al fantasma del desplazamiento laboral masivo que la ideología de mercado intenta imponer como algo "inevitable", la regulación y la política pública deben actuar con soberania. No se trata de frenar la innovación ni de oponerse al desarrollo científico —área en la que este gobierno avanza con una inversión histórica—, sino de garantizar que la productividad generada por la automatización se traduzca en una reducción de la jornada laboral, en mejores salarios, en mayor tiempo para la vida familiar y cultural, y no en filas de desempleados arrojados a la precariedad y el desempleo. La riqueza creada por la tecnología debe redistribuirse para sostener la seguridad social, no para engordar los balances financieros de los consorcios corporativos.
La derecha y sus voceros comunicólogos miran este debate con el sesgo tecnocrático de siempre. Pretenden abordar la inteligencia artificial como un asunto puramente "empresarial" o de "competitividad de mercado", ignorando deliberadamente el impacto humano y social en la vida de millones de familias. Les aterra que el Estado regule y exija que la automatización respete la estabilidad laboral y los contratos colectivos, porque en su mentalidad privatizadora, el trabajador sigue siendo un insumo sustituible.
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La verdadera inteligencia de una nación no está en los servidores de una multinacional, sino en la conciencia organizada de su Pueblo. La Cuarta Transformación defiende el valor sagrado del trabajo humano frente a la tentación de la deshumanización digital. La ciencia y la tecnología deben ser aliadas de la clase trabajadora, herramientas para liberar y no para someter. El futuro no le pertenece a las máquinas ni a las corporaciones que pretenden lucrar con la desocupación; le pertenece a las trabajadoras y trabajadores que, con sus manos y su mente, siguen construyendo la grandeza de la patria.




