Las ciudades deben ser centros de ideas, comercio, cultura, ciencia, productividad y desarrollo social, humano y económico. En ellas, los sistemas de transporte, agua, gestión de residuos, acceso a la educación y creación de comunidad son cuestiones relevantes para el desarrollo urbano sostenible. Sin embargo, debido a la mala política pública de los gobiernos del pasado, en materia de vivienda y desarrollo urbano, las ciudades en las que vivimos se encuentran lejos de lo que deberían ser. Porque ¿cómo podemos vivir dignamente en una ciudad que no fue planeada desde su origen para satisfacer nuestras necesidades básicas? Son cientos los problemas que debemos resolver para poder transformar las lógicas con las que actualmente funcionan nuestras ciudades; Sin embargo, no es una labor imposible.
A nivel mundial, desde hace algunos años, existe un concepto interesante que gira en torno a priorizar, ante todo la calidad de vida, la "Ciudad de 15 minutos". Este consiste en crear un modelo de ciudad descentralizada, policéntrica y multiservicio, en la que las personas solo tengamos que desplazarnos quince minutos a pie para satisfacer nuestras necesidades esenciales. Y es que, siendo sinceros, la mejor movilidad es aquella que no se hace. Actualmente nos trasladamos en exceso porque nuestras ciudades separan sus funciones clave, diariamente viajamos, en promedio, hora y media para llegar al trabajo o la escuela, dos horas para volver a casa, media hora para hacer las compras del hogar, y ni se diga del tiempo necesario que implicaría agregar alguna actividad cultural o de esparcimiento, porque ya no quedaría tiempo para el resto de las obligaciones diarias. Si pudiéramos satisfacer nuestras necesidades básicas reduciendo los tiempos de traslado, mejoraríamos directamente nuestra calidad de vida.
El modelo de ciudad neoliberal que nos heredaron los gobiernos del pasado no es sostenible. Las ciudades fueron erróneamente pensadas como lugares de producción masiva, en los que el objetivo era trabajar para consumir masivamente, privando así a las personas de infraestructura básica en temas como la movilidad sustentable, el acceso a áreas verdes cercanas a su vivienda, infraestructura amigable para personas con diversidad funcional o rutas eficientes de transporte público.
Aún nos encontramos a tiempo de transformar nuestras ciudades, pero esto solo será posible si trabajamos juntos para construir ciudades más humanas, un esfuerzo encabezado por el gobierno, con el apoyo de la ciudadanía y en colaboración con la iniciativa privada.
Pugnemos por ciudades donde se descentralice la actividad económica, fomentando el fortalecimiento de las economías locales de los barrios y distintas zonas. Fomentemos nuevas y mejores prácticas de empleo, como la aprobación de la jornada laboral de 40 horas semanales, modelos de trabajo híbridos o la contratación de trabajadores a distancia siempre que sea posible. Fortalezcamos las condiciones para gozar de una movilidad sustentable, con diversas alternativas de transporte no contaminante, y trabajemos por el fortalecimiento del tejido social. Ciudades humanas en donde recobremos la confianza, hagamos comunidad y, nuevamente, las personas conozcamos a nuestras vecinas y vecinos.
Encuentro esperanzador que los gobiernos de la Cuarta Transformación comprenden que las ciudades están hechas para brindar hogar a las personas, y que estas puedan desarrollarse social, humana y económicamente, erradicando así visiones mercantilistas y neoliberales de ciudad, como aquellas promovidas por el cártel inmobiliario, que lucró con el derecho a la vivienda de los habitantes de la Ciudad de México y cuyas acciones de corrupción agravaron la severa burbuja inmobiliaria que enfrenta la capital.
México necesita políticas públicas que fortalezcan el enfoque de vivienda social, como lo ha hecho la Presidenta Claudia Sheinbaum desde sus primeras acciones de gobierno, o la Jefa de Gobierno Clara Brugada en la Ciudad de México, quien, antes de que termine su administración, busca crear más de 100 utopías, espacios públicos diseñados especialmente para promover la inclusión y la participación ciudadana, ofreciendo infraestructura cultural, recreativa, social y deportiva de alta calidad, espacios amigables que potencian el desarrollo integral de las comunidades y habitantes, y representan un claro ejemplo de políticas públicas que combaten directamente la desigualdad social en nuestras ciudades.
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Una ciudad humana debe ser, al mismo tiempo, generadora de valor económico, ecológico y con impacto social. Aún estamos a tiempo de crear un nuevo urbanismo que ponga a las personas al centro.




