Nací en un Coahuila donde nos enseñaron a creer que las cosas “siempre han sido así”.
Siempre los mismos gobernando.
Siempre los mismos apellidos tomando decisiones.
Siempre los mismos grupos repartiéndose el poder mientras el pueblo aprende a sobrevivir con lo mínimo.
Y quizá ese ha sido el mayor daño que le hicieron a nuestro estado: normalizar el abandono.
Porque mientras unos cuantos viven tranquilos entre privilegios, contratos y cargos heredados, miles de familias siguen esperando algo tan básico como oportunidades reales.
Hoy Coahuila carga casi cien años bajo el control del mismo sistema político. Un sistema que perfeccionó algo muy peligroso: hacer creer que avanzamos mientras gran parte de la gente sigue detenida.
Nos venden espectaculares de “seguridad”, pero en muchas colonias las madres siguen viviendo con miedo.
Nos hablan de “desarrollo”, mientras jóvenes preparados terminan trabajando donde pueden porque aquí las oportunidades tienen dueño.
Nos hablan de “crecimiento”, mientras hay familias enteras batallando por agua, transporte digno y servicios básicos.
Ese no es el Coahuila que merecemos.
Y la gente lo sabe.
Lo veo cuando camino las colonias del Distrito 13. Lo escucho en cada conversación con madres trabajadoras, estudiantes, obreros y comerciantes cansados de gobiernos que solo aparecen en campaña.
Porque hay algo que ya no puede ocultarse: en Coahuila existe una enorme distancia entre el gobierno y la realidad.
Mientras el ciudadano se esfuerza todos los días para salir adelante, arriba siguen funcionando las mismas prácticas de siempre:
puestos para amigos,
contratos para compadres,
privilegios para unos cuantos,
y silencio para quien se atreva a cuestionar.
Y mientras tanto, nuestras juventudes crecen rodeadas de incertidumbre, violencia normalizada y drogas circulando cada vez más cerca de nuestras colonias. Esa es una realidad que ningún spot millonario puede esconder.
A veces me preguntan por qué quiero participar en política.
La respuesta es sencilla: porque me niego a creer que Coahuila nació para conformarse.
Me niego a aceptar que nuestras hijas e hijos tengan que irse para encontrar oportunidades.
Me niego a aceptar que el agua siga viéndose como negocio antes que como derecho.
Me niego a aceptar que el ciudadano siga pagando gobiernos ricos mientras el pueblo continúa esperando resultados.
Transformar Coahuila no significa destruirlo. Significa rescatarlo de la costumbre.
La costumbre de callar.
La costumbre de obedecer.
La costumbre de pensar que nada puede cambiar.
Pero sí puede cambiar.
Porque ningún gobierno debe sentirse dueño eterno de un estado.
Porque el poder público no pertenece a familias privilegiadas.
Porque Coahuila no es propiedad de una élite política.
Coahuila pertenece a su gente.
A los trabajadores que sostienen este estado.
A las madres que nunca dejan de luchar.
A los jóvenes que todavía sueñan con un futuro mejor.
A quienes todos los días salen adelante sin privilegios, sin padrinos y sin compadres.
Yo sí creo en un Coahuila distinto.
Un Coahuila donde el agua se defienda, donde las oportunidades se abran, donde el transporte funcione, donde el gobierno deje de vivir para unos cuantos y vuelva a mirar a la ciudadanía.
Porque el problema de Coahuila no es la falta de grandeza.
El problema es que durante demasiado tiempo esa grandeza se quedó atrapada entre los mismos apellidos.
Y eso tiene que terminar.
Porque mientras unos heredaron el poder…
miles de familias heredaron el abandono.
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