Hay frases que no envejecen, y vuelven desde el pasado cada vez que la historia decide ponerse a prueba.
Martin Niemöller, pastor alemán que sobrevivió al nazismo, lo advirtió con crudeza:
“Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío.
Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre.”
Hoy, ese silencio toma otra forma
y decimos: “fue en Venezuela”, “es contra Cuba”, “no es México”.
Y con esa frase, cómodamente, justificamos la indiferencia.
La acciones ejercidas por Donald Trump contra Venezuela no deben analizarse desde la simpatía o el rechazo a Nicolás Maduro. No se trata de defender a un presidente ni a un régimen, se trata de condenar un acto que vulnera el principio básico del derecho internacional: la soberanía de los pueblos.
Reducir este debate a una defensa ideológica es una trampa.
El verdadero problema no es quién gobierna Venezuela, sino quién decide que puede intervenir, capturar, presionar o castigar a otro país sin un mandato multilateral y sin consecuencias reales. Ese precedente no distingue ideologías ni fronteras.
Y, sin embargo, desde México escuchamos una narrativa peligrosa:“no nos corresponde opinar”, “no defiendas dictadores”.
Esa postura no es neutralidad, es omisión, es silencio de rebaño, permanecer indiferentes mientras el lobo no nos elija.
La soberanía no se pierde únicamente cuando un ejército enemigo cruza una frontera.
Se diluye cuando los pueblos guardan silencio ante la injusticia ajena creyendo que así se protegen. Se erosiona cuando aceptamos que una potencia decida quién es legítimo y quién no, quién puede gobernar y quién debe ser removido.
México, históricamente, ha defendido la no intervención y la autodeterminación de los pueblos, pero esos principios se vacían cuando internamente normalizamos la subordinación, cuando actores políticos nacionales buscan respaldo en Washington antes que legitimidad en su propio país, o cuando se tolera que figuras opositoras al régimen, crucen fronteras para negociar su futuro mientras el discurso de soberanía se queda en el papel.
No es casualidad que estas intervenciones ocurran en un contexto global donde la fuerza vuelve a imponerse sobre diálogo, Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, ha demostrado que está dispuesto a actuar unilateralmente, a presionar económica y políticamente, y a redefinir el orden mundial asfixiando gobiernos no alineados según sus intereses. Pensar que México es inmune a esa nueva lógica es ingenuo.
Hoy fueron Venezuela y Cuba.
Mañana puede ser cualquier país que incomode, que no ceda.
Niemöller no escribió su reflexión para defender a grupos específicos; la escribió para advertir sobre el costo del silencio colectivo. Cuando se normaliza la injusticia contra otros, se allana el camino para que eventualmente llegue hasta nosotros.
Callar porque “no somos Venezolanos” es repetir la historia con otros nombres.
Defender la soberanía ajena no es un gesto ideológico, es un acto de autoprotección democrática.
Porque cuando vengan por la soberanía de México,
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no bastará con decir que antes no era nuestro problema.




