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Círculo Político MX

"Cuando la cultura se vuelve negocio: exclusión y acceso en la Ciudad." Por Frank García Trillo

La cultura en la Ciudad de México es uno de los negocios más atractivos para muchos. Según datos oficiales del INEGI a fecha de finales de 2024, el sector cultural generó a nivel nacional 865 mil 682 millones de pesos, lo que equivale a casi 3% del PIB nacional. Más a fondo, esta actividad es responsable de dar aproximadamente un millón y medio de empleos. La importancia de esta actividad se refleja en el atractivo que la capital tiene como centro turístico de empleos, con conciertos, fiestas, actividades deportivas y culturales, etc. A finales del año pasado, la secretaría de cultura de la Ciudad de México informó que se llevaron a cabo 65 festivales, ferias, fiestas y conciertos masivos que tuvieron una afluencia de 9 millones de personas.

Frente a estos datos, debemos entonces preguntarnos cuál es el desempeño que tienen los diversos actores, entre ellos los que poseen posiciones privilegiadas en el desarrollo de este tipo de eventos, como las empresas poseedoras de la venta de tickets en estadios y teatros, los dueños de establecimientos, disqueras y todas las corporaciones asociadas a la actividad cinematográfica o musical. Estos grupos difícilmente desarrollan una vocación social y muchas veces, aprovechándose de su estatus monopólico en un mercado amplio, se vuelven herramientas coercitivas para limitar el acceso a la cultura y la recreación.

Otro ejemplo claro de estas contradicciones son los establecimientos nocturnos, que si bien forman parte central de la vida cultural, recreativa y económica de las juventudes de la Ciudad de México, también son espacios donde persisten prácticas problemáticas relacionadas con la seguridad, la discriminación, el abuso de autoridad privada y la violación sistemática de los derechos de las y los consumidores. Casos de acceso diferenciado por apariencia, género, origen social o capacidad de pago, así como la normalización de entornos inseguros, evidencian la falta de regulación efectiva y de responsabilidad social por parte de quienes lucran con el ocio y la cultura. Tanto estos establecimientos como las grandes corporaciones que concentran la oferta cultural deben asumir un compromiso real con la ciudad que los sostiene, abriendo un diálogo amplio y vinculante con sus públicos, con las autoridades y con asociaciones de artistas, gestores y colectivos culturales. Solo a través de este diálogo será posible construir mecanismos de acceso universal, políticas de precios justos y esquemas de inclusión que privilegien a las y los jóvenes con menos oportunidades, garantizando que la cultura y el esparcimiento no sean un lujo, sino un derecho efectivo.

Uno de los casos más emblemáticos y recientes es el de la Art Week CDMX 2026, que se concentra en el corredor Roma-Condesa-Polanco e involucra los eventos de ZONA MACO, Salón Acme, Feria Territorio y BADA, principalmente. Estos espacios, donde la jet-class de la cultura internacional hace de la Ciudad un espacio de diálogos que deja fuera a millones, en un esquema racializado, sectorizado y con total influencia de clase. Algunos lo señalan como un síntoma de la gentrificación, cuando en realidad, la raíz del problema abarca el acceso a la cultura y los espacios donde el arte se aprecia, discute y ejecuta, mismos que están restringidos para quienes no entran en el selecto grupo de artistas.

Resulta luminoso que, en una época marcada por divisiones profundas, discursos extremistas y cierres culturales, la Ciudad de México logre posicionarse como un espacio abierto al arte y al diálogo internacional. Esa vocación plural y diversa es, sin duda, uno de sus mayores valores simbólicos y sociales. Sin embargo, esta apertura pierde sentido cuando la cultura queda concentrada en manos de unos cuantos y se administra bajo lógicas de exclusión económica, social y territorial. Si quienes hacen funcionar la Ciudad y su espíritu -sus juventudes, trabajadoras y trabajadores, artistas emergentes y comunidades históricamente marginadas— quedan fuera de estos espacios, entonces no estamos hablando de cultura compartida, sino de privilegio. Un privilegio que se disfraza de cosmopolitismo, pero que reproduce desigualdades y limita el derecho colectivo a crear, acceder y participar plenamente en la vida cultural de la Ciudad.