Durante las largas décadas del invierno neoliberal, la salud en México fue gestionada bajo la lógica de la exclusión. Nos acostumbraron a un sistema fragmentado, un "apartheid" sanitario donde tu acceso a una cirugía, a un medicamento o a una vida digna dependía exclusivamente de tu situación laboral o del grosor de tu cartera. El Seguro Popular no fue otra cosa que un mecanismo de financiamiento que entregaba dinero público a intereses privados, dejando al Pueblo con hospitales cascarón y recetas sin surtir.
Hoy, bajo la conducción de la Presidenta Claudia Sheinbaum, estamos siendo testigos de la caída del último muro de ese viejo régimen, vemos el nacimiento del Servicio Universal de Salud (SUS). No estamos ante un simple cambio de nombre o un ajuste burocrático; estamos ante la materialización del Derecho Humano más elemental, elevado a política de Estado.
Esta semana marca un hito histórico. Con el inicio del registro para la Credencial Universal de Salud, el Gobierno de la Transformación envía un mensaje ético contundente, la prioridad es son las personas, el Pueblo.
La gran revolución del SUS radica en romper lo que yo llamo el "feudalismo institucional". Por décadas, el IMSS, el ISSSTE y los servicios estatales operaron como islas aisladas, obligando al paciente a peregrinar entre trámites y negativas. Con la interoperabilidad que hoy se pone en marcha, el sistema finalmente se adapta a la persona y no la persona al sistema. Si una clínica del IMSS es la que está a la vuelta de tu casa, ahí es donde debes ser atendido, sin importar si eres trabajador del Estado, del sector privado o parte de la economía popular. El fin de las barreras institucionales es el fin de la burocracia que mata.
Además, el sello de la Presidenta Sheinbaum se hace presente en la soberanía tecnológica. El Expediente Clínico Digital Unificado y el uso de inteligencia artificial para el diagnóstico temprano no son lujos de primer mundo; son herramientas de justicia social. Mientras que antes se pagaban contratos millonarios a empresas extranjeras por softwares que no funcionaban, hoy el Estado recupera su capacidad técnica para que tu historial médico te acompañe a cualquier rincón del país.
Por supuesto, la reacción conservadora no se ha hecho esperar. Los mismos que privatizaron las farmacias y permitieron el desabasto estructural hoy gritan "centralismo" y cuestionan la viabilidad del modelo. Lo que en realidad les duele es que la salud deje de ser un mercado. Les aterra que el bienestar ya no sea un negocio para sus amigos y que el Estado recupere su papel como garante de la vida.
La salud universal es el complemento indispensable de la reducción de la pobreza. No sirve de nada aumentar el salario mínimo o entregar pensiones si una enfermedad catastrófica puede arruinar el patrimonio de una familia en una semana. El SUS es el escudo que protege los logros de la transformación; es la garantía de que en este México que estamos construyendo, nadie volverá a morir por falta de dinero o por la frialdad de una ventanilla.
Estamos en un momento de definición. El Servicio Universal de Salud es la victoria de la solidaridad sobre el egoísmo. Es la prueba de que, bajo el Humanismo Mexicano, la ciencia se pone al servicio de los más humildes para que el derecho a la salud sea, por fin, una realidad para todas y todos, y no el privilegio de unos cuantos. La transformación avanza, y avanza con salud.
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