Imaginemos que en un supermercado alguien colocó las frutas y las verduras justo a la entrada, bien iluminadas, a la altura de los ojos; nadie nos obliga a comprarlas, solo se colocaron ahí. Ese es el principio del nudge, el “empujón” que Richard Thaler y Cass Sunstein describieron en su libro ‘Nudge: Improving Decisions About Health, Wealth, and Happiness’, como pequeñas modificaciones en el entorno de elección que inclinan la balanza de las decisiones sin eliminar la libertad de escoger. Thaler demostró que los seres humanos no somos los agentes racionales que presupone el modelo clásico sino que tomamos decisiones con atajos mentales, sesgos y emociones. Entonces, ¿qué pasa cuando ese empujón no viene de un diseñador de política bien intencionado, sino de una noticia falsa?
La respuesta no es retórica: es macroeconómica. En 2026, el Foro Económico Mundial ubicó la desinformación y la información errónea como uno de los riesgos globales más peligrosos para la economía en el corto plazo, juntamente con la confrontación geoeconómica y la polarización social. El mecanismo de daño opera exactamente como Thaler lo describió, pero a la inversa: en lugar de empujones hacia mejores decisiones, las fake news son empujones hacia el pánico, la desconfianza y la parálisis. Así, cuando circula el rumor de que el peso va a devaluarse, miles de personas convierten sus ahorros a dólares aunque el tipo de cambio esté estable, como en 2016 tras la victoria de Donald Trump; o cuando se viraliza que un banco está en quiebra, aunque no lo esté, la huida bancaria puede volverlo realidad, como el gasto de capital reputacional en 2023 por los rumores sobre la solvencia de Banco Azteca. Los economistas asumían estos acontecimientos como una profecía autocumplida, Thaler los conceptualiza como una arquitectura de elección perversa.
En este marco, el canal de transmisión hacia la macroeconomía es más directo de lo que parece. Thaler y Sunstein explican que los seres humanos operamos con dos sistemas cognitivos: uno automático, rápido, emocional e intuitivo, y el otro reflexivo, lento y analítico. Las fake news están diseñadas, consciente o inconscientemente, para activar el sistema automático provocando miedo, indignación o euforia antes de que el sistema reflexivo tenga tiempo de verificar. En términos económicos, eso se traduce en decisiones de consumo e inversión basadas en señales falsas; por ejemplo, cuando en 2022 circularon rumores sobre escasez de gasolina en varias ciudades fronterizas del norte del país, las filas en gasolineras se formaron antes de que hubiera evidencia de desabasto real, lo que promedió un volumen de ventas por encima de los 276 millones de litros menusales, representando un reto logístico inmediato frente al aumento del 33.3% en los precios internacionales de referencia. El comportamiento colectivo creó el desabasto que el
rumor anunciaba, aun cuando la Secretaría de Hacienda y Pemex confirmaron que no existía desabasto por producción, sino una sobredemanda atípica impulsada por la brecha de precios con Estados Unidos y el pánico informativo. Ese es el nudge negativo en acción: costo real, origen falso.
En el contexto geopolítico actual, con el conflicto en Medio Oriente presionando los precios del petróleo y una economía global que ya venía con cadenas de suministro tensionadas, el terreno para la desinformación económica es especialmente fértil. Cualquier noticia falsa sobre el precio del barril, sobre la salud de Pemex o sobre una supuesta devaluación del peso llega a millones de teléfonos en cuestión de minutos, y activa nuestro sistema automático antes de que los analistas puedan emitir un desmentido. Soroush Vosoughi (MIT) demostró en 2018 que las fake news son un 70% más propensas a ser compartidas que la información verídica; paralelamente, la Policía Cibernética de la CDMX alertó en marzo de 2026 sobre su rápida propagación en todos los estratos sociales. Lo que el aviso omite, pero Thaler subraya, es que no necesita ser verdad para tener efecto, solo necesita llegar primero y activar la emoción correcta.
En México, la desinformación se manifiesta como un obstáculo operativo real para la estabilidad económica. 43% de la población mexicana reporta encontrar noticias falsas o que tergiversan la realidad, según datos de Statista con base en encuestas de 2022 en ocho países latinoamericanos. Por su parte, un estudio de la Universidad de Colorado Boulder, demuestra que aproximadamente 3% de los artículos sobre información financiera en redes sociales son falsos, lo que se traduce en miles de artículos falsos cada año. Mientras tanto, la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024 revela que 61% de las personas adultas mexicanas confía en que su dinero está seguro en una institución financiera, y 53% cree que esa institución resolvería sus quejas. Esas cifras, leídas juntas desde la teoría del empujón, representan una oportunidad fundamental para que las instituciones puedan crear una arquitectura de confianza mediante canales de comunicación más robustos que actúen como un filtro natural. En este contexto, cada esfuerzo por mejorar la transparencia funciona como un nudge positivo que guía a las y los ciudadanos hacia decisiones financieras más resilientes, transformando el entorno informativo en un ecosistema de aprendizaje y estabilidad compartida.
Entonces, si los empujones negativos son poderosos, los empujones positivos bien diseñados pueden contrarrestarlos. Thaler y Sunstein proponen lo que llaman arquitectura de elección responsable: hacer que la opción correcta sea la más fácil, la más visible y la que menos fricción requiere. Aplicado al ecosistema de información económica en México, eso significa varias cosas prácticas: primero, la comunicación oficial de política económica debe ser más rápida, más clara y más accesible que el
rumorcon mensajes directos que lleguen al mismo canal y con la misma velocidad que la desinformación; segundo, la educación financiera debe ser un componente activo de la agenda de inclusión financiera que la Política Nacional 2025-2030 ya contempla; tercero, y esto es estructural, fortalecer la confianza institucional es, en sí mismo, una política macroeconómica. Una sociedad que confía en sus instituciones financieras es una sociedad más resistente al pánico manufacturado.
Para Baja California, la exigencia es doble. La región tiene una economía profundamente integrada con la cadena industrial norteamericana, lo que ocurre en Tijuana, Mexicali o Ensenada no se puede desconectar ni de las señales del mercado global ni del ruido informativo que las acompaña. Las maquiladoras, las pequeñas empresas y los hogares fronterizos toman decisiones de inversión y consumo en un entorno donde la desinformación económica cruza la frontera más rápido que las propias mercancías. Un rumor sobre aranceles, sobre el T-MEC o sobre la salud del dólar puede paralizar una decisión de contratación o de crédito antes de que llegue la aclaración oficial. Por eso, la apuesta regional no puede limitarse a la conectividad tecnológica, aunque también es urgente, debe incluir una infraestructura de confianza. Municipios como Tecate y San Felipe necesitan no solo terminales de pago digital, sino también acceso a información económica verificada, oportuna y en el idioma cotidiano de quien trabaja en la informalidad.
Thaler demostró que la arquitectura del entorno importa tanto como la política formal. México está construyendo, con avances genuinos y brechas aún pendientes, una economía más digital, más inclusiva y con más personas dentro del sistema formal. Ese proyecto puede acelerarse dependiendo de la calidad del entorno informativo en el que se ejecute; porque al final, el empujón más poderoso no lo da siempre el gobierno, a veces lo da el mensaje que alguien reenvió sin verificar y ese detalle, que parece menor, tiene efectos que se miden en puntos del PIB.
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