La visita de Isabel Díaz Ayuso a México terminó convertida en un fracaso político y mediático que hoy incomoda no sólo a ella, sino también a quienes decidieron traerla como figura de “respaldo” para la derecha mexicana. Lo que pretendía ser una gira internacional para posicionarla como referente del conservadurismo iberoamericano acabó exhibiendo algo mucho más profundo: la desconexión del PAN y del PRI con el sentimiento nacional y el enorme desprecio que ciertos sectores de la derecha española siguen teniendo hacia América Latina.
Ayuso no vino a México con una actitud de respeto institucional o de intercambio democrático. Vino a intervenir políticamente en debates nacionales, a atacar gobiernos de izquierda y a reivindicar una visión colonial profundamente ofensiva para millones de mexicanas y mexicanos. Sus declaraciones sobre la conquista española, sus ataques contra movimientos progresistas y sus referencias despectivas hacia la identidad latinoamericana provocaron indignación social y rechazo político. Y era inevitable. Porque México ya no es un país subordinado ni acomplejado ante Europa. México es una nación orgullosa de sus raíces, de sus pueblos originarios y de su soberanía.
La visita estuvo marcada por protestas, rechazo social y denuncias de hostigamiento contra manifestantes. Ese ambiente de inconformidad evidenció que sus discursos coloniales y ultraconservadores no encontraron eco entre amplios sectores de la sociedad mexicana.
Pero quizá lo más grave no fue lo que dijo Ayuso, sino quiénes decidieron abrirle las puertas y aplaudirle. La derecha mexicana apostó por importar discursos ultraconservadores y colonialistas pensando que eso podría fortalecer su narrativa contra la Cuarta Transformación. El resultado fue exactamente el contrario: terminaron evidenciando su falta de proyecto propio y su necesidad desesperada de buscar legitimidad en figuras extranjeras.
Cuando una oposición necesita traer personajes del extranjero para sentirse acompañada, el problema no es de estrategia; es de legitimidad política y moral.
La imagen fue demoledora: dirigentes del PAN y del PRI celebrando a una política española que reivindica la conquista y desprecia gobiernos progresistas latinoamericanos. Una escena que recordó a la vieja derecha entreguista que históricamente ha buscado aprobación fuera del país antes que respaldo de su propio pueblo.
Y el fracaso fue tan evidente que la propia gira terminó desmoronándose entre cancelaciones, acusaciones de “boicot” y desmentidos oficiales. La Secretaría de Gobernación dejó claro que durante su estancia existió plena libertad y que nunca hubo censura ni restricciones para sus actividades. La narrativa victimista simplemente no resistió la realidad.
Pero el golpe más duro quizá vino desde España. Medios y comentaristas comenzaron a retratar el episodio con ironía, señalando el aislamiento político y el rechazo que provocaron sus declaraciones en México. Lo que buscaba presentarse como una demostración de liderazgo internacional terminó convertido en un bochorno diplomático y mediático.
Ni siquiera en España pudieron vender la visita como un éxito.
Y eso deja una lección importante: México puede tener diferencias políticas internas, pero hay algo que millones de personas comparten más allá de partidos: la defensa de la dignidad nacional.
Nuestro país no necesita tutelajes extranjeros ni lecciones coloniales disfrazadas de libertad. Mucho menos provenientes de sectores políticos que representan proyectos conservadores, clasistas y profundamente desconectados de las luchas sociales de los pueblos latinoamericanos.
La fallida visita de Ayuso terminó exhibiendo no la fortaleza de la derecha, sino su derrota cultural y moral. Porque mientras el pueblo mexicano reivindica su historia, su soberanía y sus raíces, hay quienes todavía creen que pueden gobernar desde el desprecio a su propia nación.
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Y eso, tarde o temprano, siempre termina pasando factura.




