Hay algo curioso en la política capitalina, pocas veces la oposición logra encontrar un tema simbólico que realmente haga ruido entre sectores amplios. Normalmente los ataques contra la Cuarta Transformación se estrellan contra un muro de identidad política bastante sólido. Sin embargo, el debate alrededor del color morado y los ajolotes impulsados por el gobierno de Clara Brugada sí consiguió algo poco común: abrir discusión incluso dentro de la propia izquierda.
Y eso, políticamente, merece análisis.
Desde hace semanas, sectores opositores y también algunos críticos internos han ridiculizado la estética urbana impulsada por el gobierno capitalino. Memes, videos y burlas han bautizado el proyecto como “Ajolotización”, exagerando la intención de construir una identidad gráfica distinta para la ciudad. El tono llegó a tal nivel que la propia Brugada respondió en conferencia de prensa con visible molestia preguntando por qué habría de incomodar un color como el morado o la presencia del ajolote, un símbolo profundamente mexicano y ligado históricamente al Valle de México. Ahí mismo, la mandataria capitalina defendió que el color morado no sólo responde a una decisión estética, sino que tiene relación con las luchas feministas y con causas progresistas que han marcado a la ciudad en los últimos años.
Y en realidad tiene razón en una parte fundamental.
Todos los gobiernos imprimen símbolos. Todos. Los colores, los logotipos y las narrativas visuales son parte del ejercicio del poder y de la construcción de identidad pública. El PRI gobernó décadas bañando al país de rojo, el PAN utilizó el azul institucional como marca de orden y conservadurismo, y Morena llegó con el guinda como símbolo de ruptura y movimiento popular. Pensar que un gobierno no puede construir identidad visual sería negar cómo funciona la comunicación política moderna.
Brugada intenta conectar la imagen de la capital con una narrativa contemporánea de inclusión, derechos y transformación urbana. Y el ajolote tampoco aparece de la nada: es quizá una de las especies más emblemáticas de la Ciudad de México, un símbolo cultural, ecológico y hasta emocional para muchos capitalinos.
El problema no es el símbolo.
El problema es la forma.
Porque aunque la oposición evidentemente ha exagerado el tema buscando desgastar a Brugada desde algo aparentemente trivial, también es cierto que el gobierno capitalino subestimó la importancia de consultar decisiones simbólicas que terminan representando a millones de personas. Ahí es donde aparece la crítica válida, incluso desde la izquierda.
Pero además hay un asunto todavía más delicado para el gobierno capitalino: su comunicación.
Hoy, una de las grandes ausencias en el gobierno de Clara Brugada es precisamente un aparato de comunicación política eficiente. Y eso ya empezó a ser detectado no sólo por los adversarios, sino también por sectores internos del movimiento. El área de comunicación sigue siendo, quizá, el principal talón de Aquiles del gobierno de la ciudad.
A ciencia cierta, buena parte de la población no sabe qué está haciendo el gobierno capitalino, cómo lo está haciendo ni cuáles son sus proyectos prioritarios. La percepción de desinformación es real. Y el mejor ejemplo son las Utopías, el proyecto social más ambicioso de Brugada.
Hace apenas unos días, en distintos sondeos y conversaciones públicas, mucha gente no sabía cuántas Utopías existen actualmente, dónde están ubicadas, cuántas más se construirán o incluso en qué consisten exactamente. Y eso es gravísimo desde el punto de vista político, porque cuando el programa insignia de un gobierno no logra instalarse con claridad en la conversación pública, el problema no necesariamente es el proyecto: es la comunicación.
La propia historia reciente del movimiento ofrece ejemplos de cómo hacer las cosas distinto. Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, muchas decisiones polémicas o profundamente simbólicas fueron sometidas a consulta pública, formal o informalmente. En la Ciudad de México ocurrió algo parecido con las ofrendas monumentales de Día de Muertos: distintas propuestas competían y la ciudadanía participaba en la elección final. Eso generaba apropiación social y legitimidad.
Porque consultar al pueblo, además de democrático, desactiva conflictos innecesarios.
Quizá si el gobierno hubiera abierto una consulta sencilla sobre qué identidad visual debía representar esta nueva etapa de la capital, qué color, qué símbolo, qué narrativa el debate habría sido completamente distinto. Incluso quienes hoy critican podrían haber sentido que participaron en la decisión.
Y hay otro elemento incómodo, el llamado fuego amigo. Buena parte de la amplificación del tema no vino únicamente desde la derecha o desde cuentas opositoras. También surgió desde sectores internos del propio movimiento que ven en Brugada a una figura con poder creciente dentro del tablero político nacional. Ahí la discusión deja de ser estética y se vuelve sucesoria, territorial y de posicionamiento rumbo al futuro.
En el fondo, la polémica del morado y los ajolotes no trata realmente sobre pintura urbana. Trata sobre símbolos, identidad, comunicación y poder. Y también demuestra algo importante, cuando un gobierno logra que hasta el diseño urbano se convierta en conversación nacional, significa que sigue ocupando buen espacio del debate público.
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Aunque sea entre memes de ajolotes.




