Nuestro país atraviesa un momento histórico que exige definiciones claras. Sin embargo, al observar el panorama político actual, destaca una ausencia alarmante, el país lleva ocho años sin una oposición seria. Lo que hoy vemos no es un contrapeso democrático, sino un conjunto de facciones que han extraviado la brújula del debate ideológico para perderse en el laberinto de la descalificación y, lo más preocupante, en la entrega de la soberanía nacional.
La función de una oposición en cualquier democracia sana es elevar el nivel de la discusión, proponer alternativas viables y vigilar el ejercicio del poder. Pero en nuestro país han decidido renunciar a la inteligencia. Se han centrado exclusivamente en la recuperación de sus privilegios, olvidando que el poder, en una República, se gana convenciendo al pueblo en las plazas y en las urnas, no mediante comunicados de prensa vacíos o campañas de odio en redes sociales.
Lo más grave de este fenómeno no es su incapacidad para ganar votos, sino la naturaleza de su estrategia. Al verse incapaces de construir un proyecto de nación que resuene con la realidad de México profundo, han optado por una vía peligrosa y nada patriótica, implorar la intervención de potencias extranjeras. Resulta inaudito ver a personajes de la vida pública mexicana solicitar, casi con sumisión, que el gobierno de los Estados Unidos intervenga en asuntos que solo nos competen a los mexicanos.
Esperar que un poder externo nos "dicte" cómo gobernarnos o entregue el poder a quienes no pudieron conseguirlo por la vía democrática es, en el mejor de los casos, una ingenuidad histórica y, en el peor, una traición a los principios básicos de autodeterminación. El poder no se implora en Washington, se construye con el ciudadano de a pie en cada rincón del territorio nacional.
Como mexicanos, es natural y hasta necesario tener diferencias ideológicas. La pluralidad es el motor del progreso. Podemos disentir en la gestión económica, en las estrategias de seguridad o en las políticas educativas. No obstante, existen pilares que deberían ser innegociables y que tendrían que mantenernos unidos por encima de cualquier color partidista.
El primer pilar es la soberanía. La defensa de nuestra casa no debería estar sujeta a debate. El segundo es el bien común, la política debe ser una herramienta para mejorar la vida de la gente, no un botín personal. Cuando una oposición prefiere que al país le vaya mal para capitalizar el descontento, deja de ser una alternativa política para convertirse en un lastre social.
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Es hora de exigir una clase política a la altura de los retos de nuestro país. México necesita voces críticas que debatan con datos, que confronten con ideas y que, sobre todo, amen más al país de lo que odian a sus adversarios. La unidad nacional no significa pensar igual, sino caminar hacia el mismo lado cuando se trata de proteger la dignidad de nuestra nación frente al mundo.



