Durante años, el gran reto de Morena fue abrirse paso contra un sistema político que parecía inamovible. Competir contra estructuras históricas, medios, poderes económicos y una narrativa que repetía que el cambio era imposible. Hoy el escenario es completamente distinto. Morena ya no es oposición. Es gobierno. Y eso cambia todo.
Cuando un movimiento crece tan rápido como creció Morena, inevitablemente empieza a atraer de todo: militancia genuina, cuadros comprometidos, liderazgos sociales… pero también oportunistas, reciclajes políticos y personajes que entienden perfectamente cómo acercarse al poder, aunque nunca hayan entendido realmente el proyecto.
El problema de Morena ya no es ganar elecciones. El problema es conservar identidad política y con ello congruencia, mientras administra poder.
Porque sí, mucha gente llegó al movimiento por convicción, pero también hay quienes simplemente se mudaron (conversos). Políticos que hace unos años combatían abiertamente a López Obrador hoy se presentan como obradoristas de toda la vida, aunque nunca apoyaron el obradorismo en el PRD o incluso a la izquierda del Cardenismo. Funcionarios que jamás caminaron una asamblea o una campaña territorial hoy ocupan espacios importantes dentro de gobiernos o estructuras partidistas, algunos con malas prácticas y con los vicios de sus anteriores partidos, sin militar ni mucho menos darse una formación política en el partido.
Y eso empieza a generar algo peligroso: desconexión.
Desconexión entre militancia y gobierno. Entre discurso y práctica. Entre el proyecto original y ciertos perfiles que hoy representan al movimiento públicamente.
La gente lo percibe rápido. La militancia más. Sobre todo cuando aparecen figuras con mala reputación pública, señalamientos de corrupción o estilos políticos que recuerdan demasiado a lo que Morena prometió combatir.
Durante mucho tiempo Morena pudo sostener su cohesión alrededor de un liderazgo histórico como el de Andrés Manuel López Obrador. Pero toda etapa política madura eventualmente enfrenta la misma pregunta: ¿cómo construir continuidad más allá de una sola figura?
Y la respuesta no puede ser únicamente electoral. Tiene que ser política.
Morena necesita cuadros. Formación. Identidad. Gente que no solo quiera administrar cargos, sino entender el sentido histórico y social del movimiento que
hoy gobierna el país, y que sepa hacer activismo político, con conocimiento técnico. Porque gobernar no es solamente ocupar espacios. También es construir cultura política.
Y ahí hay un reto evidente.
Hoy existen muchos perfiles que saben operar elecciones, pero no necesariamente comunicar principios. Mucha lógica de grupo, mucha lógica de posición, pero poca discusión de proyecto. Y eso, tarde o temprano, pasa factura. Y debemos evitar que nos suceda.
La oposición mexicana no logró derrotar a Morena electoralmente, pero eso no significa que ciertas prácticas del viejo sistema no puedan regresar disfrazadas de transformación. Lo hemos visto en Bolivia, en Argentina y hasta en Brasil.
El riesgo es real. No que Morena pierda una elección. Sino que pierda claridad sobre qué representa. Por eso el debate sobre “chapulines”, perfiles cuestionables o falta de cuadros no debería verse como división interna. Al contrario. Es una discusión necesaria para cualquier movimiento que quiera durar más allá de un sexenio o de una coyuntura histórica. Porque si Morena quiere consolidarse como un proyecto de largo plazo, ya tiene que superar la etapa de la popularidad.
Necesita militancia crítica, servidores públicos con identidad política y una generación nueva que no vea la política únicamente como escalera personal, pero que sobre todo, que sepan estar en línea con el gobierno federal y replicar logros en lo local.
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Para ello hay que dejar de normalizar perfiles impresentables solo porque “dan votos” o porque “se alinearon”. Ya no los necesita, de hecho, porque morena ya es exitoso y además el obradorismo no puede convertirse en refugio de todo lo que antes combatía.




