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Círculo Político MX

"El tablero de Évian: entre la paz de Westfalia y el nuevo orden de hierro." Por Miguel Cantero

Las orillas del lago Lemán han sido testigos de pactos efímeros y treguas frágiles. Hoy, Donald Trump llega a la cumbre del G7 en Évian con el gesto triunfal de quien cree haber desatado dos nudos gordianos: el acuerdo con Irán para desbloquear el estrecho de Ormuz y el supuesto preludio de una negociación para poner fin a la guerra en Ucrania. Pero la historia, en su lentitud geológica, nos advierte que las paces milagrosas suelen ser espejismos. Para abordar estos acontecimientos con la profundidad profesional que merecen, debemos despojarnos del vértigo periodístico y colocar el lente del historiador y el analista realista.

 

El estrecho, termómetro de la hegemonía

No es la primera vez que el Ormuz se convierte en el epicentro de la geopolítica mundial. Desde que Afonso de Albuquerque lo cruzó en 1507 para establecer el dominio portugués, hasta la doctrina Carter de 1980, que declaró el Golfo Pérsico como zona de interés vital para Estados Unidos, el estrecho ha sido el espejo donde se refleja la pax de turno. En 1987, durante la guerra entre Irak e Irán, la Armada estadounidense rebanderizó petroleros kuwaitíes para escoltarlos bajo pabellón norteamericano, un precedente directo de cualquier coalición naval actual. Trump confía en un memorándum bilateral con Teherán, pero ignora la lección de 1953, cuando la CIA y el MI6 orquestaron el golpe contra Mossadegh; cualquier entendimiento con la República Islámica, sin el refrendo del Consejo de Seguridad y sin la participación de China e India (los mayores compradores de crudo), es un castillo de naipes. La historia de Ormuz no es la historia del petróleo, sino la de la proyección de poder. Sin un consenso occidental sólido (y Francia y Reino Unido ya muestran sus reservas), la reapertura del paso será una anécdota, no un cambio de época.

 

Ucrania y el fantasma de las paces humillantes

En Ucrania, el optimismo de Trump choca frontalmente con la memoria histórica de Europa del Este. La conferencia de Helsinki de 1975 selló las fronteras de Yalta, pero fue un reconocimiento de facto, no de iure, que acabó dinamitado por la disolución soviética. Más relevante aún es el Memorando de Budapest de 1994, donde Ucrania cedió su arsenal nuclear a cambio de garantías de integridad territorial que hoy yacen en el fango de Donbás. Cuando Trump habla de una "solución rápida", los analistas recordamos las palabras de George Kennan en 1997, cuando advirtió que la expansión de la OTAN sería el error más fatídico de la posguerra fría, sembrando una inestabilidad que explotaría décadas después. La paz en Ucrania no es una cuestión de cesiones territoriales; es una pugna ontológica por la identidad nacional. La historiografía ucraniana, marcada por el Holodomor y las purgas soviéticas, no aceptará un armisticio que normalice la anexión sin un reconocimiento explícito de la agresión. Cualquier tratado que ignore esta dimensión psico-histórica repetirá el error de Versalles (1919): una paz impuesta que humilla al perdedor sin desactivar sus narrativas revisionistas.

 

La crisis filosófica del G7: ¿comité o directorio?

El G7 nació en 1975 como un club de acreedores de la Pax Americana, diseñado para gestionar el shock del petróleo. Sin embargo, su composición actual es un anacronismo histórico. Rusia fue expulsada en 2014 tras la anexión de Crimea, y ahora Trump sugiere reintegrarla, mientras Europa se aferra al estatuto de la Corte Penal Internacional. Este cisma revela la fractura entre dos concepciones filosóficas de las relaciones internacionales: por un lado, el realismo hobbesiano de Trump, que concibe la paz como un equilibrio de fuerzas transaccional (donde Ucrania e Irán son peones); por otro, el institucionalismo liberal europeo, que, siguiendo a Kant, aspira a una federación de estados basada en normas jurídicas universales. Pero Kant, en su Paz Perpetua, exigía un ius cosmopoliticum; hoy, el G7 ni siquiera logra un ius inter gentes coherente. La ausencia de China y del Sur Global en la mesa convierte a esta cumbre en una reliquia de la Guerra Fría, incapaz de abordar la multipolaridad. Como señaló Henry Kissinger en su obra Orden mundial, la estabilidad solo surge cuando los poderes dominantes aceptan una legitimidad compartida; sin ella, Ormuz y Ucrania son meros escenarios de una rivalidad sin reglas.

 

La trampa de la memoria y la urgencia de la hermenéutica

El análisis profesional exige reconocer que la paz no es un evento, sino un proceso hermenéutico. Paul Ricoeur nos enseñó que la memoria histórica es siempre selectiva y conflictiva. Para Rusia, la expansión de la OTAN es la traición a las promesas orales de Baker a Gorbachov en 1990; para Occidente, es la libertad de asociación. Mientras estas dos memorias no se reconcilien en una narrativa compartida, cualquier alto el fuego será solo una tregua armada. La diplomacia no puede limitarse a garabatear mapas; debe construir un relato donde las víctimas de ambos lados (los soldados rusos caídos y los civiles ucranianos masacrados en Bucha) sean reconocidas en su dignidad. De lo contrario, caeremos en el cinismo de Carl Schmitt, que definía la política como la distinción entre amigo y enemigo; una paz sin justicia transicional es una paz de cementerio.

 

En Évian, mientras Trump sonríe y los europeos fruncen el ceño, la historia nos susurra desde el fondo del lago. Aquí se firmaron paces que duraron décadas y armisticios que apenas resistieron un invierno. El G7, para ser relevante, debe dejar de ser un tabla de salvación del statu quo y convertirse en un taller de memoria colectiva. La guerra en Ucrania y la tensión en Ormuz no son crisis logísticas; son el retorno de lo reprimido de la historia del siglo XX. Si Occidente no es capaz de ofrecer un orden donde Rusia e Irán encuentren un lugar sin ser humillados, y donde Ucrania vea garantizada su soberanía sin renunciar a su pasado, entonces el "acuerdo" de Trump será recordado no como la paz de Évian, sino como la nueva Munich de 1938: el momento en que el mundo eligió el alivio inmediato antes que la justicia duradera. La verdadera paz perpetua no se firma; se teje lentamente, con el hilo de la memoria y la aguja de la empatía histórica.