Cuando un vecino cambia las reglas de convivencia cada año, la pregunta deja de ser si la relación continúa; la verdadera pregunta es quién decide cómo continuará. Algo parecido ocurre hoy con América del Norte.
Mientras el T-MEC inicia su primera revisión formal, Estados Unidos anuncia que prefiere sustituir la extensión automática del acuerdo por revisiones anuales hasta 2036.
Al mismo tiempo, México mantiene suspendidas sus relaciones diplomáticas con Ecuador y Perú y permanece fuera del denominado Escudo de las Américas, la nueva alianza hemisférica de seguridad promovida desde Washington. Parecen cuestiones distintas, aunque en realidad hablan del mismo fenómeno: la disputa por los centros de decisión.
Para leer esta secuencia sin perderse, conviene volver a un clásico: La economía latinoamericana de Celso Furtado, una obra que expone la tesis sobre el concepto centro-periferia. Furtado sostiene que el subdesarrollo no es una etapa transitoria, sino una estructura que se reproduce mientras la región dependa de decisiones tomadas fuera de sus fronteras.
De este modo, el centro marca el ritmo y la periferia baila detrás, siempre un compás tarde. Superarla exige, en palabras del autor, “internalizar los centros de decisión”, es decir, dejar de ser el territorio donde otros deciden.
El asunto de las embajadas revela una postura que el centro no siempre entiende: la soberanía también se ejerce puertas adentro. La ruptura con Ecuador ocurrió en abril de 2024, cuando fuerzas de seguridad ecuatorianas irrumpieron en la embajada mexicana en Quito, violando la Convención de Viena.
La presidenta Claudia Sheinbaum lo resumió categóricamente esta semana: el hecho fue muy grave y por eso no hay relaciones con Ecuador. Con Perú, la fractura nació en 2022 por el cuestionamiento de legitimidad del derrocamiento de Pedro Castillo. Sin embargo, mientras la política rompió el protocolo, la economía, terca, siguió su curso.
Según Data México, para el primer cuatrimestre de 2026 el comercio bilateral con Ecuador suma casi 161 millones de dólares en exportaciones mexicanas y 97.2 millones en importaciones de origen ecuatoriano, en tanto que el intercambio comercial con Perú reporta exportaciones mexicanas por 113 millones de dólares e importaciones de origen peruano por 103 millones. Sostener esta postura frente a los costos diplomáticos es un ejercicio basado en principios como el asilo y la no intervención.
En un continente donde varios gobiernos ceden voluntariamente márgenes de soberanía, mantener criterios propios es una forma de no ser periferia.
Ese mismo instinto explica por qué México y Brasil optaron por no integrarse al Escudo de las Américas. Cuando Washington armó esta coalición, lo hizo con un diseño institucional deliberadamente flexible, sin financiamiento definido ni mecanismos permanentes.
Buscó agrupar a países como Argentina, Ecuador, Panamá, Paraguay, Costa Rica, Bolivia, Honduras y, más recientemente, Colombia y Perú, bajo el compromiso de compartir inteligencia militar y coordinar operaciones contra cárteles y redes criminales.
Al quedarse fuera, México y Brasil intentaron, en términos de Furtado, retener el centro de decisión sobre su propia seguridad. Lejos de ser una debilidad de diseño, esa flexibilidad es la gran fortaleza política que le permite a Washington fijar el marco narrativo de la amenaza regional y esperar que cada gobierno periférico se adhiera por su cuenta.
El último episodio pesa más en el bolsillo, la revisión del T-MEC comenzó el 1 de julio conforme al artículo 34.7 del propio tratado. México y Canadá propusieron extenderlo dieciséis años más; Estados Unidos decidió mantenerlo vivo, pero sujeto a revisiones anuales. El tratado ha construido una integración productiva profunda, con reglas de origen que benefician la manufactura regional frente a Asia, y México llega a esta revisión con una postura de “cabeza fría y firmeza”, en palabras del secretario Marcelo Ebrard, buscando eliminar aranceles al acero, aluminio y sector automotriz antes de la ronda del 20 de julio.
Pero el hecho de que Washington haya impuesto un esquema de revisión anual introduce una incertidumbre permanente; lo que funciona, en la práctica, como una forma moderna de lo que Furtado llamaba deterioro estructural de los términos de intercambio, es decir, no es que el precio del bien exportado caiga, es que la certidumbre misma se vuelve un recurso escaso que el centro raciona. El recurso estratégico ya no es solamente el mercado; también lo es la capacidad de modificar periódicamente las reglas bajo las cuales ese mercado funciona.
Los números muestran una integración extraordinaria. México cerró 2025 con exportaciones récord por 664 mil 837 millones de dólares y un superávit comercial de 771 millones, revirtiendo el déficit de 18 mil 541 millones de 2024, según el INEGI. Para julio de 2025, el 86.3% de los envíos a Estados Unidos ya operaban bajo reglas preferenciales del tratado, frente al 48.9% en 2024, según el Bureau of Economic Analysis.
La CEPAL lleva años insistiendo en que América Latina necesita abandonar la especialización de bajo valor agregado y construir capacidades tecnológicas propias. Por su parte, la OCDE recuerda que más del 80% de las exportaciones mexicanas dependen de un solo comprador, una cifra que sube al 88.6% en el sector automotriz.
Furtado lo habría llamado vulnerabilidad estructural en vez de éxito exportador, puesto que la cuestión ya no es el deterioro de los términos de intercambio que preocupaba al economista brasileño durante el siglo pasado; hoy la dependencia adopta la forma de incertidumbre regulatoria.
México negocia hoy, sin embargo, desde una base productiva mucho más sólida que la de cualquier economía primario-exportadora del siglo pasado, y Baja California lo ilustra con precisión. El estado exportó 60 mil 558 millones de dólares en 2024, alcanzando 13 mil 634 millones solo en el segundo trimestre de 2025, superó la barrera histórica de los 36 mil millones de dólares en inversión extranjera directa acumulada desde 1999 y cerró marzo de 2026 con una inflación de 2.8%, muy por debajo del 4.5% nacional.
La periferia deja de serlo cuando construye capacidad propia, y Baja California ya lo demuestra con una industria indispensable justo cuando Washington busca reducir su dependencia de Asia. La región no puede cambiar la geografía que la une a Estados Unidos, pero sí puede convertir esa cercanía en ventaja negociada en lugar de sujeción.
Esa es la base desde la cual la región puede afrontar la revisión anual del T-MEC no como una amenaza pasiva, sino como una mesa de negociación permanente donde Tijuana, Mexicali y Ensenada tienen algo que ofrecer, no solo algo que perder.
La ruta, entonces, ya no consiste en adivinar cómo sobrevivir al tablero global, sino en reconocer que hoy nos plantamos en él desde una posición distinta. Furtado nunca propuso la utopía del aislamiento; requirió algo mucho más audaz: construir capacidades nacionales suficientes para negociar de igual a igual. Y la respuesta es que hoy, finalmente, somos capaces. El México que agachaba la cabeza ante la primera amenaza arancelaria se ha transformado. Aquel país dependiente de la manufactura básica quedó atrás; ahora es una potencia productiva que entiende su propio valor estratégico.
El subdesarrollo, lo dijo Furtado, se supera cuando un país deja de ser el escenario donde otros toman las decisiones. México, al sostener sus principios frente a Ecuador y Perú, al mantenerse fuera del Escudo de las Américas y al negociar con firmeza cada revisión del T-MEC, prueba precisamente eso; porque la soberanía no se defiende cerrando las fronteras, sino compitiendo en el mundo con la claridad de saber qué se negocia y qué cosas jamás van a estar en venta.
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