La experiencia urbana de Holbox aporta elementos ineludibles para construir en los territorios ejidales de la región un modelo turístico gradual, de muy baja densidad y verdaderamente orientado al bienestar de las comunidades, dejando atrás para siempre los vicios depredadores del neoliberalismo.
El norte de Quintana Roo tiene ante sí una oportunidad histórica para convertir la experiencia acumulada en una nueva visión de desarrollo. La actual saturación de la zona urbana muestra los graves retos que surgen cuando el crecimiento turístico avanza bajo el desorden y la corrupción heredados por el viejo régimen prianista, el cual permitió el descontrol frente a una demanda creciente de agua, drenaje y manejo de residuos.
Sin embargo, los polígonos de propiedad social que aún se mantienen conservados pueden y deben tomar ese aprendizaje para construir una ruta diametralmente diferente, donde los proyectos de escala contenida, la justicia social y el bienestar colectivo acompañen verdaderamente la protección del ecosistema.
La propuesta de los ejidatarios parte de una idea central para el Humanismo Mexicano: el territorio debe generar prosperidad para quienes históricamente lo habitan y lo cuiden. Francisca “Panchy” Coral Santana señala que sus tierras ejidales cuentan con una densidad asignada del apenas 0.16 por ciento y plantea la necesidad de analizar un ajuste moderado para detonar proyectos de muy bajo impacto, acompañados de reglas estrictas de sustentabilidad.
La discusión, por tanto, debe trasladarse del simple límite burocrático de densidad hacia una planeación integral y justa. Otorgar viabilidad a estas alternativas de mínima huella es vital para la Cuarta Transformación, pues cuando el Estado asfixia a las comunidades negándoles el desarrollo legal —como solía hacerlo el antiguo régimen— termina empujándolas hacia dolorosas economías de supervivencia (como la tala o la pesca ilegal) que sí devastan profundamente el entorno.
Existe además un antecedente técnico que merece recuperarse con una lectura crítica. En 2018 se presentó un estudio elaborado por la firma canadiense Stantec para analizar alternativas de desarrollo en la zona norte de Lázaro Cárdenas, el cual contempló distintos escenarios viables para el desarrollo regional. Sin embargo, fiel a la costumbre del viejo régimen, la burocracia dorada del peñismo prefirió ignorar las alternativas, archivar el diálogo e imponer desde los escritorios un Plan de Manejo restrictivo y anacrónico, totalmente de espaldas al pueblo.
La Cuarta Transformación coloca justamente la participación ciudadana en una dimensión distinta. Frente al caduco modelo neoliberal, que durante décadas privilegió un "conservacionismo de escritorio" diseñado para despojar a los campesinos y marginarlos de la riqueza, el Humanismo Mexicano reivindica la propiedad social, la economía comunitaria y el derecho inalienable de los pueblos a decidir sobre su propio territorio.
En los polígonos ejidales, esa perspectiva debe traducirse en corresponsabilidad. La Federación mantiene la rectoría ambiental; el estado articula la visión regional; el municipio fortalece la infraestructura; y los ejidos aportan su inmenso conocimiento como guardianes originarios. Por su parte, la inversión privada responsable puede complementar este esfuerzo, siempre y cuando asuma el costo de su propia huella ecológica sin sobrecargar los servicios públicos.
Ordenar el desarrollo significa democratizar la planeación. La comunidad conoce su tierra, pero necesita instituciones que la acompañen para generar prosperidad, no que la castiguen. La conservación de la Madre Tierra puede y debe caminar junto con la generación de empleos y el fortalecimiento de la economía local.
Holbox puede aprovechar los desastres urbanos permitidos por el neoliberalismo en su zona poblada, para construir en sus reservas ejidales un modelo sustentable con profunda identidad comunitaria. Un modelo donde la riqueza generada no se fugue hacia las grandes corporaciones extranjeras, donde la propiedad social sea protagonista y donde el desarrollo se mida por el bienestar real de las familias.
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Esa es la dimensión territorial de la prosperidad compartida: cuidar los ecosistemas, empoderar a las comunidades y construir el desarrollo con justicia social. El reto consiste en hacer de esta visión una realidad, construida desde abajo y de la mano del pueblo.




