No son simples ocurrencias ni chascarrillos las propuestas de mercantilizar la democracia; son una estrategia muy bien organizada desde la cúpula mundial. Lo que vemos en redes sociales es un ejército de voceros, opinólogos e influencers que no sirven más que para reproducir discursos fabricados, cuyos intereses suelen estar mucho más arriba de lo que creemos posible. Esas propuestas no surgen de la casualidad.
Las tasas de ganancia de los superricos van en disminución, y la incertidumbre generada por Estados Unidos —con su descenso económico y su viraje proteccionista— los ha llevado a reorganizarse para asegurar recursos estratégicos en América. Por eso se han apoderado de redes sociales enteras, literalmente las han comprado para gestionar la narrativa para sus intereses imperiales.
Para lograr sus objetivos, tienen que polarizar a la clase trabajadora, normalizar propuestas que atenten contra los principios de progresividad y de dignidad humana: aumentar la jornada laboral, empujar una alimentación de menor calidad, ofrecer salarios raquíticos apenas para sobrevivir, privatizar el derecho al voto (o condicionarlo), permitir que los intereses económicos se apoderen de los recursos naturales estratégicos, impedir el acceso a la vivienda propia, romper con la identidad nacional, las costumbres y la cultura, e imponer doctrinas que normalicen el despojo y la desigualdad, y que maten todo vestigio de conciencia y reflexión.
Mentir, mentir y mentir. Crear percepciones artificiales con discursos retrógrados, generar narrativas de miedo, transformar obviedades de manera perversa y convertirlas en reflexiones profundas que no dejen espacio a preguntas universales como: ¿quiénes?, ¿por qué?, ¿para qué? Son guerras cognitivas que le permiten al capital un ligero respiro mientras, geopolíticamente, se reacomoda en un mundo que, por primera vez en cien años, ven incierto. Tanto que ni siquiera se atreven a llamarlo "posneoliberalismo". Su miedo propio lo quieren generalizar para sus fines económicos. No van a permitirse dar ni medio paso atrás.
Los voceros del conservadurismo les deben todo; prácticamente su existencia misma es gracias al estilo de vida creado por el neoliberalismo. Por eso ponen esa maquinaria a hacer su juego sucio. En México, están entregados a lo que se les dicta desde Estados Unidos: partidos políticos, organizaciones de la sociedad civil, consejos empresariales, sociedad conservadora y hasta trabajadores alienados que aspiran a seguirle el juego a los oligarcas con tal de conservar sus pedacitos de poder local.
Pero aquí va un matiz importante que no se vale ignorar: decir que toda la derecha está "100% controlada por Marco Rubio” es una sobresimplificación. Sí, Rubio y su equipo dirigen la estrategia diplomática y de desprestigio desde Washington, y hay una coordinación evidente en el discurso, pero las derechas locales tienen vida propia, intereses concretos y, a veces, hasta sus propias peleas internas. El PAN no es lo mismo que el Partido Republicano; los empresarios mexicanos del Consejo Mexicano de Negocios no son peleles que esperan instrucciones, son actores con poder propio que negocian y presionan según su conveniencia. Subestimar su autonomía es un error táctico, porque si no entiendes con quién estás peleando realmente, no sabes cómo contrarrestarlos. No son títeres; son socios.
Probablemente sigamos viendo a estos opinólogos decir que el voto debería ser un privilegio, que se debería excluir a jóvenes y mujeres, proponer la eliminación de los programas sociales, el retorno de dictaduras, "mano dura", la legalización del uso de armas, o el aumento de impuestos a la clase trabajadora mientras se condonan las deudas de las grandes fortunas. Es su libreto, y lo repiten con disciplina.
Desde el humanismo, es necesario seguir con las reflexiones históricas y las propuestas de progresividad de los derechos. No dejar de hablar de las diferencias entre la inversión productiva y la mera economía de la especulación. Insistir en la importancia de una vida digna para el trabajador. Reivindicar que los movimientos sociales son lo que hace que el mundo no se detenga y prospere.
Pero con reflexión no basta. La historia no se mueve con buenas intenciones. La pregunta concreta es: ¿qué hacemos? Porque el nuevo orden no se construye solo con análisis.
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Si no pasamos de la denuncia a la acción concreta, la derecha global, con toda su maquinaria, nos seguirá ganando la partida. No por más lista, sino por más organizada. El cambio no llega porque el capitalismo "agonice"; llega cuando le arrancamos los privilegios con organización y con herramientas claras. Esa es la única forma de que la humanidad, y no el capital, siga siendo el centro de todo.




