Así como una bola de nieve que rueda cuesta abajo, la tecnología no arrasa con la montaña, pero a su paso cambia el paisaje por completo. Olivier Blanchard lo explicó hace tres décadas: el avance tecnológico no destruye el empleo en el largo plazo, pero en el corto plazo desplaza trabajadores, deprime salarios en ciertos sectores y abre una brecha profunda entre quienes logran adaptarse y quienes no. Hoy, con la inteligencia artificial (IA) reescribiendo las reglas del juego en tiempo real, esta advertencia académica suena con un apremio imposible de ignorar.
La lógica de Blanchard infiere que el progreso tecnológico aumenta la productividad, es decir, cada trabajador produce más con el mismo esfuerzo. En el largo plazo, esa eficiencia se traduce en mayor producción, más empleo y mejores sueldos reales; aunque el tránsito entre el corto y el largo plazo nunca es una línea recta ni un camino llano. La adaptación exige que los mercados laborales reasignen trabajadores de sectores desplazados hacia las nuevas actividades, y esa reasignación tiene un costo humano que ninguna ecuación económica es capaz de capturar del todo.
Sin embargo, hay diferencias cruciales entre la automatización industrial de los noventa que analizó Blanchard y el fenómeno actual de la IA: la velocidad y el alcance. Antes, con la adopción de los robots se percutió en tareas físicas y repetitivas; hoy, la IA generativa y los modelos de lenguaje entraron de lleno en el terreno cognitivo: redacción, análisis de datos, contabilidad básica, traducción, diagnósticos médicos iniciales, etc. Según estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo y el Banco Mundial, en economías emergentes integradas a cadenas globales de valor, entre 20 % y 30 % de los empleos urbanos formales enfrentan una alta exposición a ser transformados o sustituidos por esta automatización cognitiva. Al expandirse hacia lo intelectual, el espectro de empleos en riesgo se vuelve gigantesco y la velocidad de adopción, exponencial.
Aun así, los datos se empeñan en darle la razón a Blanchard en lo fundamental: no estamos ante una destrucción neta de empleo, sino ante una metamorfosis radical. El Barómetro Global de la IA en el Empleo 2025 de la firma PwC, tras analizar millones de ofertas de trabajo en todo el mundo, revela que los sectores más expuestos a la IA ven crecer sus ingresos por empleado tres veces más rápido que los rezagados (un 27 % frente a un 9 %). Además, los trabajadores con habilidades en IA podrían recibir salarios hasta 56% más altos que sus pares sin esas competencias, comparado con 25% el año anterior. Blanchard diría que el mecanismo es el mismo de siempre: la tecnología eleva la productividad marginal del trabajo calificado y con ello, su salario de equilibrio.
¿Y si no se desarrollan esas habilidades? La teoría advierte que en la transición tecnológica, los trabajadores desplazados no saltan de inmediato a un empleo equivalente; sino que enfrentan meses de desocupación o subocupación, lo que eleva la tasa natural de desempleo de forma transitoria y comprime los salarios reales en la base de la distribución. Es decir, la desigualdad crece antes de que el mercado encuentre un nuevo punto de equilibrio.
En México esa transición ya dejó de ser una proyección para convertirse en una realidad cotidiana, especialmente en el norte. La tendencia de ajuste comenzó a ser evidente en Tijuana, que entre junio de 2023 y marzo de 2025 vio desaparecer 32,568 empleos manufactureros, contrayendo en un 14.1 % su base laboral en ese sector según registros sectoriales. Este fenómeno local anticipó una sacudida más amplia: para agosto de 2025, las cifras del INEGI revelaron que las empresas del programa IMMEX en toda la franja fronteriza habían perdido casi 105 mil puestos respecto al año anterior, un golpe en el que Baja California absorbió una pérdida de casi 15 mil plazas. Los robots colaborativos y los sistemas de mantenimiento predictivo elevan la productividad de las plantas, pero también reemplazan al operario de la línea. No es solo teoría económica; es la realidad que reportan los indicadores de la industria maquiladora y los organismos empresariales de la región.
Respecto a los salarios, desde 2019, el país apostó por una política deliberada de recuperación del salario mínimo, llevándolo de 102 pesos diarios a más de 315, y por encima de los 440 pesos en la frontera norte en 2026. Nominalmente, el salario sube; en poder adquisitivo real, la inflación de los últimos años ha erosionado parte de esa ganancia. Blanchard señala que la política de salarios mínimos puede ser progresiva en términos distributivos, pero si los costos laborales suben más rápido que la productividad, las empresas aceleran la automatización o reubican sus líneas de producción. Ese es exactamente el fenómeno que reporta la industria maquiladora fronteriza: el alza salarial, combinada con la disponibilidad de tecnología más asequible, precipita la sustitución de mano de obra.
Los datos macroeconómicos del INEGI evidencian este divorcio de forma contundente. Mientras el salario mínimo real en la Frontera Norte experimentó un salto histórico con un incremento acumulado superior al 200 % entre 2019 y 2026, el índice global de productividad laboral de la economía en el sector manufacturero avanzó a un ritmo drásticamente menor, registrando variaciones marginales que promediaron menos del 1 % anual en el mismo periodo. Esta asimetría terminó elevando el costo unitario de la mano de obra en la industria de exportación a tasas de doble dígito. Al volverse el trabajo humano comparativamente más caro en relación con su rendimiento por hora, las empresas aceleraron la adopción tecnológica. No es casualidad que, según la Federación Internacional de Robótica, México se ubique
consistentemente en el noveno puesto a nivel mundial y como el segundo principal importador de robots industriales en América Latina, concentrando más del 60 % de estas en los estados norteños.
No obstante, a pesar de las alarmas, el panorama para ciudades como Tijuana, Mexicali o Tecate ofrece una perspectiva mucho más alentadora que también está documentada. En el mediano plazo, el progreso tecnológico crea empleos nuevos que no existían, estimula la demanda de bienes y servicios, y eleva el nivel de vida general. Como se advirtió en el Automation Fest Baja 2026, la automatización no es un enemigo a vencer, sino una condición de supervivencia: las plantas que no se modernicen perderán sus contratos frente a la competencia automatizada de Asia o Europa.
La pregunta que Blanchard deja abierta es quién absorbe el costo de la transición y cómo se acorta. Sin políticas activas de reconversión laboral, el periodo de ajuste se prolonga y la desigualdad se profundiza. El 72 % de los mexicanos percibe la carencia de habilidades tecnológicas como amenaza a su seguridad laboral, según el Barómetro de Confianza 2025 de Edelman; ese dato no es pesimismo, es una señal de demanda insatisfecha de capacitación.
Por fortuna, México tiene algo que Blanchard no anticipó cuando escribió su manual: una infraestructura de 154 millones de celulares, una política de inclusión financiera real en marcha y un salario mínimo con peso verdadero. La estrategia de digitalización económica que la presidenta Sheinbaum impulsa enfocada
en pagos digitales, créditos a la informalidad y transferencias directas, puede ser, si se combina con reconversión laboral genuina, el puente entre el desplazamiento de corto plazo y la oportunidad de mediano plazo que Blanchard describe.
Al final, la premisa se sostiene: la tecnología no destruye el empleo, lo transforma. Pero esa transformación no ocurre en automático ni de manera pacífica. Baja California, con su vocación industrial y su frontera vibrante, tiene la oportunidad de escribir este capítulo con más equidad que en episodios anteriores, siempre que la política pública entienda que capacitar a quien hoy opera una línea de ensamble para que mañana opere o supervise una célula automatizada, no es un gasto; es la inversión que convierte la amenaza en ventaja competitiva regional.
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