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Círculo Político MX

"La justicia mexicana en tiempos de transición" por: Armando Vázquez Plata

Durante décadas, en México la justicia fue vista como algo distante, rígida y en muchos casos intocable; reservada para élites legales y económicas, alejada de la ciudadanía y desconectada de las demandas sociales. Hablar de justicia era, para muchos, hablar de algo inalcanzable.

Sin embargo, 2025 marcó un punto de inflexión. No porque todos los problemas se hayan resuelto, sino porque la estructura del sistema de justicia comenzó a transformarse.

Este año quedará como un momento histórico para el sistema judicial mexicano. A mitad del año, el país vivió por primera vez un proceso electoral para elegir al Poder Judicial, un hecho sin precedentes que abrió un debate profundo sobre la democratización de la justicia. Meses después, hacia el cierre del año, se produjo un cambio relevante en la Fiscalía General de la República, una institución clave en la procuración de justicia y en la lucha contra la impunidad.

Las elecciones para el Poder Judicial rompieron con un modelo tradicional que durante años se mantuvo cerrado a la participación ciudadana. Por primera vez, la sociedad fue convocada a incidir en la definición de quiénes imparten justicia. Esto abrió preguntas legítimas y necesarias:

¿Puede la justicia ser democrática sin perder su independencia? ¿Es posible acercarla a la ciudadanía sin someterla a intereses políticos?

Más allá de las posturas encontradas, hay un hecho innegable: la justicia dejó de ser un tema exclusivo de tribunales y facultades de derecho. Se convirtió en una conversación pública, y eso, por sí mismo, representa un avance.

Por otro lado, el cambio en la Fiscalía General de la República hacia finales de año representa una oportunidad para repensar cómo el Estado investiga, procesa y sanciona los delitos. La FGR ha sido, históricamente, una de las instituciones más cuestionadas por su falta de resultados, su politización y su lejanía con las víctimas. Un relevo en su dirección no garantiza justicia inmediata, pero sí abre la posibilidad de reconstruir la confianza pública, siempre que esté acompañado de transparencia, rendición de cuentas, coordinación institucional y autonomía.

Estos dos procesos dejan una lección clara: el sistema de justicia ya no puede operar de espaldas a la sociedad. Hoy, la ciudadanía está más informada, más crítica y menos dispuesta a aceptar la impunidad como norma. Las nuevas generaciones, en particular, han comenzado a entender que la justicia no es un concepto abstracto, sino una condición indispensable para ejercer plenamente cualquier otro derecho.

Transformar la justicia no se logra únicamente con reformas legales o cambios de nombres. El verdadero desafío comienza ahora. En 2026, la pregunta central no será si la justicia cambió en el papel, sino si esas transformaciones se traducen en acceso real, procesos justos y resultados concretos para la gente.

Cerrar el 2025 implica reconocer que estamos en una etapa de transición. Una etapa en la que la justicia dejó de ser un poder intocable para convertirse en un poder cuestionado, observado y exigido. Y eso, en una democracia, no es una amenaza: es una necesidad.

Porque la justicia que no se transforma, se desmorona. Y la justicia que no escucha, deja de ser justicia.