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Círculo Político MX

"La Marcha No es un Botín de campaña política derechista." Por Joshua Escudero.

En días recientes fuimos testigos de un fenómeno que, aunque no es nuevo en México, sí adquiere un matiz distinto cuando proviene de una generación que ha crecido entre la violencia, la desigualdad y una profunda desconfianza hacia las instituciones. La marcha de la Generación Z no fue una estrategia electoral, ni una campaña encubierta, ni una bandera prestada a partido alguno. Fue y debe seguir siendo un acto de hartazgo social, un reclamo legítimo de un país que ya no acepta la normalización del crimen y la impunidad.

Sin embargo, casi de inmediato surgieron intentos de ciertos grupos de ultra derecha por apropiarse del mensaje, montarse sobre la ola de indignación y presentarse como acompañantes naturales de un movimiento que, desde su origen, fue explícitamente apartidista. Esa búsqueda de capitalizar el descontento revela algo preocupante…

la insistencia de algunos sectores políticos de convertir cualquier expresión ciudadana en herramienta electoral, Dando por consecuencia la pérdida de credibilidad de los movimientos sociales.

La politización forzada de estos movimientos no solo desvirtúa su esencia, sino que borra la voz de quienes marchan, especialmente en un país donde las juventudes rara vez han sido tomadas en serio como actores políticos en su propio derecho. Cuando un partido intenta adjudicarse una protesta que no le pertenece, lo que hace es invisibilizar el mensaje original y sustituirlo por un relato conveniente para sus intereses.

Pero esta columna no pretende tomar partido ni por los de arriba ni por los de enfrente sino recordar algo fundamental, el derecho a la libre expresión no es propiedad de ningún partido político. Las marchas nacen de la gente, de su dolor, de su miedo, de su esperanza. No de los comités ejecutivos ni de las dirigencias nacionales.

La Generación Z salió a las calles porque vive en un México donde la pérdida, la violencia y la incertidumbre son parte de la cotidianidad. Salió a gritar lo que muchos adultos ya habían normalizado. Y merece que su voz sea escuchada sin ser secuestrada ni reinterpretada.

En un contexto donde la narrativa pública se disputa con la misma ferocidad que el poder, es indispensable defender el carácter ciudadano de los movimientos sociales. No para protegerlos de la política que siempre estará presente sino para protegerlos de su distorsión.

La marcha no fue de derecha, ni de izquierda. Fue del pueblo.

Y lo menos que podemos hacer es respetarlo.