Mientras miles de mexicanas y mexicanos observan desde fuera una fiesta cuyos boletos cuestan más que varios meses de salario, las élites económicas insisten en disfrazarse de pueblo. Hablan en su nombre, dicen sentir su dolor, juran representar su enojo. Pero siempre desde los palcos.
Este Mundial tampoco cayó del cielo. Fue comprometido años atrás, cuando Enrique Peña Nieto todavía habitaba Los Pinos y los grandes acuerdos se firmaban lejos de la mirada pública, cuando las decisiones importantes viajaban en primera clase y el pueblo apenas se enteraba cuando llegaba la factura. México heredó compromisos, contratos y condiciones escritos con tinta empresarial. Por eso resulta curioso ver a algunos de los arquitectos de aquel modelo fingiendo sorpresa ante una obra que ayudaron a construir. Se escandalizan frente al espejo y después culpan al reflejo.
La paradoja no es nueva. Los mismos que durante décadas hicieron fortuna al amparo de un modelo que concentró riqueza arriba y repartió precariedad abajo, hoy pretenden encabezar la indignación social. Descubrieron que el enojo vende, que el miedo da vistas, que la polarización acumula poder y que la evasión de responsabilidades puede maquillarse como rebeldía.
En ese libreto, Ricardo Salinas Pliego no aparece como una excepción, sino como uno de sus protagonistas más visibles. Desde sus plataformas y aparatos de comunicación se repite una vieja cantaleta: que el Estado siempre estorba, que la regulación es enemiga de la libertad y que los empresarios deben ocupar el lugar que la política no ha sabido llenar. Es el mismo evangelio que la ultraderecha ha predicado desde Buenos Aires hasta Washington: convertir el privilegio en virtud y el egoísmo en programa de gobierno.
Pero no se trata de negar la violencia, la crisis de vivienda ni el dolor de las familias buscadoras. Esas heridas existen. Son reales. Tienen nombres, rostros y ausencias. Lo que resulta indignante es ver cómo algunos intentan convertir ese sufrimiento en mercancía política; cómo aparecen frente a las cámaras para administrar el descontento mientras disfrutan, desde la comodidad del poder y los privilegios, aquello que le niegan a las mayorías.
El mundial nos deja una fotografía difícil de ignorar. De un lado, gobiernos que levantan bardas para esconder la pobreza, como si la miseria desapareciera al cubrirla con lonas.
Del otro, quienes convierten cada problema nacional en una campaña permanente de desprestigio, convencidos de que una patria debilitada es el terreno más fértil para sus negocios políticos.
Unos tapan la realidad. Otros la explotan.
Y entre ambos extremos permanece el pueblo: el que llena las calles, el que trabaja, el que protesta, el que resiste. El mismo pueblo que hizo del fútbol una celebración mucho antes de que la FIFA lo convirtiera en una mercancía de lujo.
Porque al final, detrás de la pelota, también se disputa otra cosa: el relato de un país. Y México no es la caricatura de desastre que venden quienes lucran con el miedo.
Los pueblos no sólo son conquistados por ejércitos. También pueden ser conquistados por relatos. Primero les enseñan a desconfiar de sí mismos, después a despreciar su propia historia y finalmente a entregar su destino a quienes prometen salvación desde arriba. Por eso conviene desconfiar de las verdades empaquetadas y de los escándalos fabricados en serie.
México es una nación que sigue peleando por su dignidad, defendiendo su soberanía y levantando su bandera frente a quienes, desde dentro o desde fuera, sueñan con verla de rodillas.
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Y esa, quizá, es la selección más importante que hoy entra a la cancha.




