En los últimos años, algo ha cambiado en la forma de hacer política por parte de la derecha, y no es para bien. Cada vez es más común escuchar insultos, groserías y descalificaciones de los conservadores; desde los más pequeños hasta figuras públicas de alto nivel como los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump, y de Argentina, Javier Milei. Pero no hay que confundirse: no es un desliz; es una estrategia.
Ejemplos sobran de esa actitud negativa, que contrasta con el diálogo y la concertación que siempre busca la izquierda. Cuando Trump insulta y amenaza a otros pueblos o cuando Milei habla de “zurdos de mierda”, lo que buscan deliberadamente es provocar, dividir y llamar la atención.
En México también pasa lamentablemente. Mientras el dirigente priísta Alejandro “Alito” Moreno se presenta como defensor de la democracia, insulta a quienes piensan distinto. Y qué decir de la diputada Tania Larios, del PRI, que en la tribuna del Congreso de la Ciudad de México ha recurrido a la grosería para denostar a las y los legisladores de la Transformación.
Otro personaje al que le gusta lanzar insultos contra las mujeres, las personas pobres o de la diversidad sexual es el millonario Ricardo Salinas Pliego. Pero estos casos no son aislados; se trata de un patrón de la derecha rancia.
¿Para qué hablan así? Creo que principalmente por dos motivos. Porque las declaraciones polémicas garantizan cobertura mediática y con la clara intención de que la gente se enoje, se enganche y se ponga de su lado. No buscan convencer con ideas, sino mover emociones. El problema es que eso tiene consecuencias negativas.
Sus mensajes los replican en redes sociales; están a la vista de todas y todos. Por desgracias, en lugar de construir a favor de la democracia, la oposición parece disfrutar con el odio que genera; se regodea con los ataques y la violencia, sobre todo contra las mujeres y quienes pertenecen a la comunidad LGBTTTIQ+.
Eso no es casualidad. En su estrategia de “comunicación” normalizan el insulto, porque abajo, entre la población, se multiplica. Su intención es crear un ambiente que parece normal o hasta gracioso cuando se agrede; cuando la burla se impone, o cuando se deshumaniza al otro.
Pero no podemos ser ingenuos. Sabemos qué hay detrás: dividir a la sociedad, generar enojo y desacreditar las luchas históricas por la igualdad y los derechos. Quieren que veamos al otro como enemigo y no como alguien con quien podemos convivir, aunque pensemos distinto.
Frente a esas intenciones, vale la pena recordar de dónde venimos y qué México deseamos. La izquierda ha luchado durante años por algo fundamental: que todas las personas sean respetadas; que nadie se quede fuera; que los derechos se amplíen y se garanticen. Ese ha sido el sentido de muchas de nuestras causas.
Sin embargo, ese esfuerzo hoy se intenta borrar con discursos que buscan ridiculizarlo o minimizarlo. Se quiere hacer creer que defender todo tipo de derechos es un problema, cuando en realidad es parte de la solución.
El reto es grande: ante los insultos y las bajezas de la derecha conservadora, quienes formamos parte de las filas de la Transformación demostraremos que se puede hacer política con firmeza, pero también con respeto.
Más allá de las palabras, lo que está en juego es qué país queremos. Estoy segura que el pueblo no quiere gritos ni división, sino una nación donde, pese a las diferencias, podamos convivir y construir juntas y juntos.
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Lo que se dice, revela lo que se piensa y lo que se siente. Porque las palabras no se las lleva el viento; las palabras construyen realidades. Quienes practican la política del odio, seguramente eso recibirán en su momento, porque el pueblo es sabio.




