La Transformación nacional no es un eslogan cómodo ni una consigna para repetir cuando conviene. Es un proceso profundo, incómodo y necesariamente confrontativo. Implica romper inercias, desmontar privilegios y tocar intereses que durante décadas se beneficiaron de un sistema político diseñado para servir a unos cuantos y no al pueblo. Por eso, hoy más que nunca, es necesario decirlo con claridad, la transformación del sistema de partidos no es opcional, es una condición indispensable para que la democracia en México deje de ser una simulación.
Durante años, la llamada partidocracia convirtió la representación política en un botín. Listas plurinominales negociadas en lo oscuro, dirigencias eternas, cúpulas desconectadas del territorio y partidos convertidos en franquicias electorales con financiamientos millonarios, pero sin proyecto ni compromiso social. Ese modelo está agotado. No lo dice el gobierno, lo dice el pueblo cada vez que expresa su hartazgo frente a una clase política que vive del erario y le da la espalda a la gente.
La Cuarta Transformación nació precisamente para enfrentar ese sistema de privilegios. Andrés Manuel López Obrador lo señaló desde el inicio y hoy la presidenta Claudia Sheinbaum retoma con firmeza esa tarea histórica: democratizar la vida pública, limpiar las estructuras del poder y devolverle al pueblo el control de sus instituciones. La reforma electoral que se discute no busca excluir ni silenciar voces, sino terminar con los excesos, los abusos y la burocratización de la representación política.
Quien pretenda reducir este debate a una falsa dicotomía entre democracia y autoritarismo, miente deliberadamente. Lo autoritario fue el viejo régimen que cerró el acceso al poder, que reprimió, que compró conciencias y que construyó partidos ricos en un país empobrecido. Lo democrático es abrir la discusión, revisar el sistema, escuchar al pueblo y atreverse a cambiar lo que claramente ya no funciona.
No será fácil. Erradicar los vicios del sistema de partidos implica resistencias internas y externas. Habrá quienes, incluso desde espacios que se dicen progresistas, prefieran conservar cuotas, cargos y privilegios antes que acompañar una verdadera transformación. A ellos hay que decirles algo con toda honestidad, quien se opone a limpiar la vida pública, quien defiende los privilegios de la partidocracia, quien se niega a cambiar las reglas que benefician a unos cuantos, no está del lado de la regeneración nacional.
La Transformación necesita de todas y todos, sí, pero no a cualquier costo. No puede construirse con quienes añoran el viejo régimen ni con quienes solo ven en la política un espacio de acomodo personal. Este es un momento definitorio. O se está del lado del pueblo y de la democratización real del poder, o se está del lado de la simulación, los privilegios y el pasado que tanto daño le hizo a México.
Quizá te interese también leer:
La historia no se escribe con tibieza. La democracia tampoco se defiende desde la comodidad. Transformar el sistema de partidos es una tarea ardua, pero impostergable. Y como toda transformación verdadera, exigirá convicción, coherencia y la valentía de llamar las cosas por su nombre.




