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Círculo Político MX

"LAS GRIETAS DEL GIGANTE." Por Ximena Reza

El mundo creció mirando hacia el norte como quien mira al futuro.

Estados Unidos no solo era un país: era una promesa. El guardián del orden, el dueño del cielo, el arquitecto de la democracia moderna. Así lo aprendimos en los noticieros, en las universidades y, sobre todo, en el cine: cuando el mundo estaba en peligro, siempre aparecía la “bandera correcta”.

Pero los imperios no caen primero en los mapas. Caen porque no supieron entender el mundo actual.

Durante décadas, diversos mitos sostuvieron la narrativa estadounidense como potencia incuestionable: el ejército más poderoso del planeta, la tecnología más avanzada y la democracia más ejemplar del mundo. Hoy, los tres muestran grietas difíciles de ocultar.

El primero fue el mito militar. La supremacía aérea estadounidense se convirtió en símbolo absoluto de dominación global: cielos vigilados por drones invisibles, guerras ganadas antes de comenzar, enemigos incapaces de responder. Sin embargo, los acontecimientos recientes revelan algo distinto: la maquinaria bélica más sofisticada del planeta ya no garantiza invulnerabilidad. Los cielos que parecían monopolizados empiezan a disputarse.

El segundo mito fue tecnológico. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el complejo industrial-militar y el desarrollo tecnológico crecieron como un solo organismo. Silicon Valley y el Pentágono aprendieron a hablar el mismo idioma. La innovación dejó de ser únicamente progreso: se convirtió en instrumento de poder. Pero esa misma red hoy exhibe sus contradicciones: conflictos de interés, privatización del conocimiento y dependencia estructural de corporaciones cuya lealtad responde más al mercado que a la democracia que dicen defender.

El tercer mito —quizá el más poderoso— fue moral. Estados Unidos no solo intervenía; decía hacerlo en nombre de la libertad. Exportar democracia se volvió la justificación permanente de guerras, sanciones y ocupaciones. Sin embargo, la legitimidad de ese discurso se erosiona cuando las instituciones internacionales aparecen paralizadas y los principios universales se aplican de manera selectiva.

Los hechos recientes en Medio Oriente no son únicamente un episodio militar más. Funcionan como un espejo incómodo: un país históricamente sancionado desafía la narrativa de superioridad tecnológica y propone intercambios humanitarios que evidencian la impotencia de organismos internacionales incapaces de actuar con la misma rapidez que los conflictos que observan.

Lo que se desploma no es solo equipamiento militar. Es una historia cuidadosamente construida durante décadas: la del héroe inevitable, el salvador global, el poder incuestionable que domina mares y cielos. Hollywood lo contó mil veces hasta convertirlo en sentido común.

Pero los relatos también envejecen.

Cuando los símbolos dejan de convencer, el poder comienza a negociar con la realidad. Y quizá lo que estamos presenciando no sea el fin de una potencia —los imperios rara vez desaparecen de inmediato— sino algo más profundo: el agotamiento de la idea de que existe un centro único capaz de definir el destino del mundo.

América Latina conoce bien ese momento. Aquí aprendimos hace tiempo que las promesas imperiales suelen llegar acompañadas de silencios, bloqueos y memorias incómodas. Por eso, mientras algunos observan sorpresa, otros reconocen un proceso familiar: el instante en que el mito deja de explicar la historia.

Porque los imperios sobreviven mientras el mundo crea en ellos.

Y tal vez lo verdaderamente nuevo no sea que el poder estadounidense se debilite, sino que cada vez más pueblos han dejado de imaginarlo como inevitable.