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Círculo Político MX

"Las manos que tejen el futuro." Por Miguel Ángel Cantero Martínez

“Una cultura sin tradiciones es como un árbol con ramas inmensas pero sin raíces: ante la primera tormenta de la modernidad, se desploma.”

Esta reflexión, publicada este lunes 30 de marzo en el marco del Humanismo Mexicano, me ha acompañado durante días. Porque en ella hay una verdad que a menudo olvidamos: la modernidad no tiene por qué arrancar las raíces. Puede, si decidimos, nutrirlas.

La noticia que anunció esta semana la presidenta Claudia Sheinbaum es, en ese sentido, un acto de coherencia. Mil 500 millones de pesos para rehabilitar escuelas del INBAL y del INAH. 380 millones para restaurar 46 zonas arqueológicas y 12 museos. Y, como corazón del anuncio, la apertura del Museo Textil de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos en la Casa del Marqués del Apartado.

Pero hay algo en este último proyecto que merece detenerse. Porque no es un museo cualquiera. Se construye, según la propia Secretaría de Cultura, “en colaboración con los pueblos indígenas y afromexicanos”. No desde la mirada de quien observa desde fuera, sino desde la voz de quienes han sostenido estas tradiciones durante siglos.

Eso es radical. Porque durante demasiado tiempo, los pueblos originarios han sido objeto de estudio, no sujetos de su propia historia. Sus textiles se exhibían en vitrinas como piezas arqueológicas, como si fueran reliquias de un pasado muerto. Pero las manos que tejen en Zinacantán, en Cuetzalan, en Tenancingo, no son manos del pasado. Son manos del presente. Son memoria viva.

Y aquí quiero agregar una reflexión que me habita desde mi propia experiencia con la tecnología.

Trabajo con inteligencia artificial. Paso mis días frente a algoritmos, redes neuronales, modelos que aprenden de datos. Y hay una tentación en ese mundo: pensar que el futuro se construye desde cero, que lo nuevo borra lo viejo, que la innovación es hija del olvido.

Pero he aprendido que no. Los mejores algoritmos no son los que ignoran el pasado, sino los que aprenden de él. Como los telares que llevan siglos tejiendo, la IA también necesita raíces para no perderse en el ruido de sus propios datos.

Lo mismo ocurre con un país. Podemos tener la tecnología más avanzada, los museos más modernos, las escuelas mejor equipadas. Pero si no sabemos de dónde venimos, si no honramos a quienes nos precedieron, si no escuchamos a los pueblos que han sostenido esta tierra desde antes de que existiera el concepto de nación, entonces cualquier tormenta nos derriba.

Por eso el Museo Textil me parece tan importante. No solo por las 210 piezas que albergará. No solo por sus tres plantas de exposiciones. Sino por lo que representa: la decisión de que la modernidad mexicana no se construye sobre el silencio de los pueblos originarios, sino con ellos.

Y esto se conecta con el resto de la inversión. Las escuelas de arte rehabilitadas no son solo espacios físicos. Son lugares donde las nuevas generaciones aprenderán técnicas milenarias con instrumentos nuevos. Donde la tradición se encuentra con la innovación. Donde un joven puede estudiar danza contemporánea en la mañana y danza folclórica en la tarde, sabiendo que ambas son hijas de la misma tierra.

Las zonas arqueológicas restauradas no son solo piedras limpias. Son la evidencia de que esta civilización supo construir ciudades, observar los astros, jugar la pelota, antes de que llegaran las modas que hoy llamamos globalización.

Y los textiles, esos hilos que atraviesan siglos, son el tejido que nos une. Cada bordado es un lenguaje. Cada color, una geografía. Cada puntada, una historia.

La presidenta lo dijo: “Los textiles mexicanos son algo único en el mundo.” Pero lo único no se sostiene solo con admiración. Requiere inversión. Requiere reconocimiento. Requiere que los pueblos originarios no sean invitados de piedra, sino protagonistas.

Eso es lo que me emociona de este anuncio. Porque no es solo presupuesto. Es una manera de entender el país.

En un mundo que empuja hacia la homogeneización, donde los algoritmos nos recomiendan lo mismo, donde las modas pasajeras nos dispersan como hojas secas, la tradición nos devuelve la gravedad. Nos ancla. Nos dice que hay saberes que no caducan, que hay manos que no dejan de tejer, que hay pueblos que no han dejado de ser.

Desde mi trinchera, la de la inteligencia artificial, creo que el futuro no está en elegir entre tradición y tecnología. Está en entender que una sin la otra es un árbol sin raíces o raíces sin ramas. Necesitamos ambas para no ser dispersados por el viento.

Por eso celebro este museo. Por eso celebro estas escuelas. Por eso celebro que las zonas arqueológicas vuelvan a contar su historia.

La pregunta que me deja todo esto es simple y profunda: ¿estamos dispuestos a escuchar a quienes han sostenido estas raíces durante siglos? ¿Estamos dispuestos a que los pueblos originarios no sean solo motivo de orgullo en discursos, sino protagonistas en los hechos?

Este mayo, la cita es en el Centro Histórico. Ahí estará el Museo Textil, esperando a quienes quieran conocer, pero también a quienes quieran escuchar.

Porque al final, la tradición no es mirar hacia atrás con nostalgia. Es echar raíces profundas para que las ramas puedan seguir creciendo. Y en ese crecimiento, los pueblos originarios tienen la palabra.

Ojalá sepamos cederles el micrófono. Ojalá sepamos aprender de sus manos. Ojalá sepamos tejer, junto a ellas, un futuro que no necesite arrancar raíces para ser moderno.

Porque si algo me ha enseñado la inteligencia artificial, es que los mejores modelos no son los que empiezan desde cero. Son los que aprenden de todo lo que vino antes.

Como México. Como sus textiles. Como sus pueblos.