Hacer cine siempre ha sido un acto motivado por el sentimiento más que por la razón. Es una aventura que puede compararse con la experiencia de dar un salto al vacío; es, casi siempre, empeñar todo por vivir un sueño de 90 minutos.
Lecciones de otoño nació desde el lugar de los sueños, de la necesidad íntima de contar una historia donde el silencio, la vejez y el encuentro humano tuvieran el mismo peso que la palabra. Su proceso fue lento, tortuoso. Empezó como un cuento en 2005; se convirtió, con el paso de los años, diez años después, en una novela y, unos más tarde, en una película.
La película, entonces, se fue construyendo lentamente, convirtiendo al tiempo, el gran antagonista de nuestra época, en nuestro aliado narrativo. Cada decisión creativa, desde el guion hasta el cierre de la postproducción, debió responder afirmativamente a una interrogante para ser parte de Lecciones de otoño: ¿hará que el espectador se cuestione la forma en que se relaciona con sus mayores?
En un contexto donde la inmediatez manda, apostar por una narrativa contemplativa fue un riesgo mayúsculo, tomado a plena conciencia. Y es que vivimos en el cine mexicano un momento paradójico: nunca se ha producido tanto como ahora, pero tampoco se había hecho con tan poca reflexión sobre para qué y para quién se hace cine. Llegan a las pantallas productos diseñados para cumplir métricas, algoritmos y expectativas momentáneas. Con esto no quiero decir que sean rutas incorrectas, pero el peligro surge cuando una desplaza por completo a la otra, cuando se impone la forma sobre el fondo.
El cine mexicano necesita, hoy más que nunca, reconciliarse con algo que históricamente ha sabido hacer bien: contar historias cotidianas de formas extraordinarias. Proyectar relatos íntimos que hablan de emociones universales. Lecciones de otoño nace, entonces, del esfuerzo por engrosar las filas de las producciones que no temen mirar hacia dentro ni hacia atrás. Hacer cine del que no grita, sino del que permanece con el paso del tiempo; de ese que no tiene prisa por llegar porque lo que busca es perdurar.
Quizá te interese también leer:
Quizá el futuro del cine nacional no pase tanto por elegir entre producciones comerciales y aquellas que ofrecen historias más profundas, sino por dejar al público elegir qué desea ver y, claro está, en circunstancias similares. Porque si se coloca en cartelera una buena película mexicana en malos horarios, con pocas salas y sin el impulso de la publicidad, sin duda alguna estaremos hablando de la crónica de una muerte anunciada.




