A seis semanas de las elecciones presidenciales en Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva encara la que podría ser la última campaña electoral de su carrera política con una posición que hace apenas unos meses parecía improbable: llega como favorito para mantenerse al frente del país.
El presidente brasileño, de 80 años, ha conseguido recuperar terreno en medio de una contienda marcada por la polarización, el desgaste de sus adversarios y la expectativa sobre el rumbo que tomaría un nuevo gobierno encabezado por la izquierda.
En Brasilia, en los principales círculos políticos y también entre operadores financieros de São Paulo, el debate comienza a desplazarse. Más que preguntarse únicamente quién ganará, distintos sectores empiezan a discutir qué decisiones tomaría Lula en caso de conseguir un nuevo mandato.
Su principal rival, Flávio Bolsonaro, enfrenta una campaña complicada por controversias familiares y cuestionamientos derivados de sus vínculos con un banquero relacionado con una investigación por un presunto fraude financiero de gran escala. Ese escenario ha permitido a Lula fortalecer su posición y atraer incluso respaldos provenientes de sectores políticos tradicionalmente más cercanos al centro.
Dentro del actual gobierno, algunos cuadros comienzan ya a proyectarse hacia una eventual nueva administración, mientras legisladores influyentes del llamado centro político brasileño han empezado a mostrar una mayor disposición a respaldar al mandatario.
Los mercados de apuestas reflejan también esa percepción y asignan a Lula una probabilidad superior al 60% de conseguir la reelección. Sin embargo, el optimismo político contrasta con la cautela de los inversionistas, que mantienen dudas sobre la capacidad o disposición de un nuevo gobierno de Lula para contener el déficit fiscal y el crecimiento de la deuda pública.
La elección, sin embargo, está lejos de estar resuelta.
Una encuesta publicada recientemente colocó a Flávio Bolsonaro a solo tres puntos porcentuales del presidente, una diferencia que confirma que Brasil seguirá viviendo una contienda cerrada y profundamente polarizada hasta la jornada electoral de octubre.
El dato también revela que el malestar ciudadano contra los gobiernos en funciones, una tendencia que ha impactado elecciones en distintas partes del mundo, continúa siendo un factor capaz de alterar el escenario brasileño.
Aun así, el panorama para Lula es considerablemente distinto al de hace un año. Entonces, su popularidad había caído a algunos de los niveles más bajos de su trayectoria política y comenzaba a extenderse la percepción de que podía dirigirse hacia una derrota electoral.
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Hoy, el dirigente que gobernó Brasil por primera vez hace más de dos décadas vuelve a colocarse en el centro de la política nacional y llega al tramo decisivo de la campaña con ventaja.
Si logra mantenerla, Lula no solamente conquistaría un nuevo mandato: cerraría probablemente su última campaña presidencial demostrando, una vez más, una capacidad de recuperación política que ha marcado buena parte de su carrera.




