En 2016 el diccionario Oxford seleccionó “posverdad” como la palabra del año. La real academia define la posverdad como:
“f. Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales.”
A partir de entonces y a la fecha nos hemos percatado de la importancia que juega la opinión pública (des)informada en el devenir político. Nos enteramos del caso de Cambridge Analytics donde, por medio de ingeniería social, se promovieron ideas y posicionamientos en las elecciones de EEUU. Así mismo, pasados los años se acuñó el término Fake News, que conceptualiza esta forma de presentar información como verdadera, aludiendo más a opiniones que reflejan los intereses del segmento al que van dirigidas que a un verdadero interés en informar o comunicar una situación. Como consecuencia del ambiente social de la época durante la pandemia surgieron movimientos anti vacunas, aglutinando a muchas personas que por miedo, desinformación o complicidad perturbadora expusieron a que casi 5 años después el actual brote de sarampión fuera considerado de alto riesgo pese a la existencia de vacunas para prevenir la enfermedad.
En estos diez años desde que se reconociera la posverdad, se han perfeccionado los métodos de comunicación para desinformar, desestabilizar, y el creciente temor y desconocimiento de las repercusiones de la ingeniería social incluso llevó al apagón (momentáneo) de tiktok en EEUU por parte del gobierno de Donald Trump. En los últimos años, el auge de la Inteligencia Artificial y su accesibilidad masiva, nos ha llevado del asombro al desencanto, pasando por un sinnúmero de anécdotas ya sobre las virtudes y defectos del uso indiscriminado de la misma. La gente, aunque más consciente de que las redes sociales y las plataformas de Inteligencia Artificial recaban su propia información para su aprovechamiento, sigue contemplando sus pantallas con la expectativa de que lo que tiene en frente es información fidedigna, en la mayoría de los casos. El aparente entendimiento de las plataformas y apps nos genera la suficiente confianza para no cuestionar líneas editoriales ocultas en “el algoritmo”. Qué tanto de lo que observamos en los entornos virtuales depende de una configuración a la medida de nuestras preferencias y qué tanto es influenciado por propaganda pagada o sesgos de programación de los propios algoritmos.
A la (des)confianza hacia la información que recibimos constantemente por nuestras redes, hay que agregar un momento muy importante que vivimos en el cual, más allá de la posverdad. Los personajes políticos, ahora, en streaming o directamente desde sus redes sociales, “informan” sobre lo que acontece o esperan que acontezca en el mundo. No solo modificando nuestra percepción de la veracidad de la información, sino, además, de la credibilidad o no del personaje. Ya no estamos solo a la expectativa de ver o leer comunicados de prensa que nos pudieran resultar inverosímiles, en la actualidad nos confrontamos a que los mismos emisores del mensaje nos presenten información contradictoria o que cuestiona la idea de una personalidad fija (no fluida-líquida) que puede bambolearse entre la amenaza de “erradicar de la faz de la tierra una civilización” o de comparar “fracking bueno vs fracking malo” como forma de establecer una postura política ante el pueblo.
Ya ha transcurrido suficiente tiempo para que no le temamos a los celulares, el uso indiscriminado de las redes sociales, o a la ágil adoptación de la Inteligencia Artificial en nuestra vida cotidiana. Pero qué pasa cuando a lo que nos enfrentamos en la “vida real” es a personas, personalidad, políticas públicas, que no tienen asociado un algoritmo o método predictivo personalizado y ajustado a nuestros intereses comerciales. Será que la realidad no-virtual solamente tiene detrás de sus bamboleos los intereses económicos y no ve por nuestras características individuales para aparentar que nuestras decisiones de adhesión y consumo son “naturales” (¿?). O es que tenemos que reforzar la idea de que, para que las políticas públicas y los gobiernos no queden a merced de la publicidad o los mercados, deberán asumir como algoritmo de ejercicio al pueblo, la opinión pública y el interés común, para contrarrestar los pesos que ponen las variables fácticas en las decisiones.
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Ante la posverdadización de la información, la alternativa es el cuestionamiento amplio y colectivo, el diálogo y la búsqueda de consensos. Reconocer la individualización que provocan las pantallas y los algoritmos enfocados y promover la colaboración tanto en redes como en la realidad no-virtual.
Con el pueblo todo, sin el pueblo nada.




