Lo ocurrido el pasado miércoles en el Congreso de la Ciudad de México dejó al descubierto una verdad incómoda, pero imposible de ocultar, Miguel Hidalgo es hoy una alcaldía sin alcalde. Mauricio Tabe, quien debería rendir cuentas como servidor público, se presentó únicamente para huir. Entró al recinto legislativo, caminó por los pasillos, cruzó puertas, saludó cámaras, hizo como que tocaba para entrar a su comparecencia, pero cuando llegó el momento de enfrentar las preguntas legítimas de las y los representantes populares, simplemente se negó a entrar al salón donde debía comparecer. Dio la vuelta y escapó. Una metáfora perfecta del estilo panista de gobernar, aparecer para la foto y desaparecer cuando toca dar la cara.
La comparecencia era una oportunidad para explicar el abandono de las colonias, la falta de servicios eficientes, los escándalos de corrupción que siguen creciendo y las decisiones opacas que han marcado su gestión. Era el momento para responder por el deterioro de infraestructura, las quejas vecinales que se acumulan, los permisos dudosos y la evidente desconexión entre la administración y quienes habitan Miguel Hidalgo. Pero Tabe no quiso responder ni una sola pregunta, prefirió correr y hacerse el gracioso.
Su ausencia deliberada no solo fue una falta de respeto al Congreso, fue una falta de respeto a las y los vecinos. Porque las comparecencias no son un trámite administrativo, son el mecanismo democrático que permite exigir cuentas a las autoridades. Quien las evita, quien huye, quien las sabotea, no defiende su administración… la delata.
Lo más grave es que eludiendo su responsabilidad, Tabe dejó vacío el lugar más importante de todos, el del momento en que un alcalde da la cara orgulloso de su trabajo y rinde cuentas. En un gobierno que presume eficacia, pero no puede sostenerla bajo escrutinio, la silla quedó vacía. Y en la política, las sillas vacías hablan, hablan muy fuerte.
Este episodio confirma lo que vecinas y vecinos ya perciben desde hace tiempo, Miguel Hidalgo se gobierna a medias. Las prioridades están desordenadas, las decisiones se toman bajo lógicas electorales manchadas de nepotismo, y no bajo el interés público, y el alcalde parece más interesado en construir narrativas victimistas para redes sociales que en asumir la función para la que fue electo. La alcaldía vive en piloto automático, sostenida por discursos huecos y una maquinaria de propaganda que solo busca disimular la falta de resultados.
En contraste con la transparencia, la rendición de cuentas y el ejercicio democrático que han impulsado los gobiernos de la Cuarta Transformación y la presidenta Claudia Sheinbaum, la actitud de Tabe representa el viejo estilo conservador, el del privilegio que cree estar por encima de la ley, el del político que exige obediencia pero evade la responsabilidad, el de quienes reclaman democracia, pero tiemblan ante ella cuando los toca directamente.
Lo que queda claro después de este lamentable espectáculo es que en Miguel Hidalgo la ciudadanía merece algo mucho mejor que un alcalde que solo aparece cuando nadie le pregunta nada. Mientras Tabe huye de su obligación, la alcaldía sigue acumulando problemas reales que requieren soluciones de verdad en las materias de seguridad, movilidad, servicios, mantenimiento urbano, ordenamiento territorial.
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