La zona oriente de la Ciudad de México representa uno de los mayores retos de movilidad del país. Todos los días, millones de personas provenientes del Estado de México —principalmente de municipios como Nezahualcóyotl, Chimalhuacán, La Paz, Ixtapaluca y Valle de Chalco— cruzan hacia la capital para trabajar, estudiar o acceder a servicios básicos.
Esta dinámica metropolitana, indispensable para el funcionamiento económico y social de la gran urbe, también ha evidenciado una deuda histórica: infraestructura insuficiente, congestionamiento crónico y traslados que castigan, sobre todo, a la población trabajadora.
Corredores clave como Calzada Ignacio Zaragoza, la autopista México-Puebla, la México-Texcoco y los accesos a Iztapalapa concentran una presión vehicular que supera su capacidad. El resultado son trayectos que pueden duplicar o triplicar su duración en horas pico, con impactos directos en la salud, la productividad y la calidad de vida. En el oriente, la movilidad no es solo un problema técnico: es una expresión clara de desigualdad territorial.
Ante este escenario, el Plan Oriente se posiciona como una herramienta de transformación social que prioriza atender primero a quienes históricamente han sido relegados. Este enfoque reconoce que mejorar la movilidad en el oriente no es un privilegio, sino un acto de justicia social que busca cerrar brechas entre el centro y la periferia metropolitana.
Dentro del Plan Oriente, los pasos a desnivel surgen como una solución estructural para desahogar los puntos más conflictivos de la red vial.
Estas obras permiten separar flujos de tránsito, eliminar cruces semaforizados saturados y reducir los cuellos de botella que hoy paralizan la movilidad regional. Su impacto va más allá de la velocidad vehicular: significan menos horas perdidas en traslados, menor contaminación, mayor seguridad vial y un uso más eficiente del espacio urbano.
La visión del Plan Oriente no se limita al automóvil. Al integrar pasos a desnivel con una planeación urbana incluyente, se abre la puerta a reorganizar el transporte público, mejorar la conectividad con sistemas masivos y liberar superficie para peatones y espacios públicos. Así, la infraestructura deja de ser solo cemento y se convierte en una palanca de bienestar colectivo.
Esta narrativa coincide con la visión de transformación impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, quien ha reiterado que el desarrollo urbano y la movilidad deben tener un enfoque social, ambiental y metropolitano.
Atender el oriente de la CDMX y su conexión con el Estado de México implica reconocer el papel central de quienes sostienen diariamente a la ciudad con su trabajo, pero que durante años han enfrentado traslados injustos y condiciones de movilidad precarias.
El Plan Oriente plantea, en esencia, una nueva forma de entender la infraestructura: no como obras aisladas, sino como parte de un proyecto integral de ciudad.
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Apostar por pasos a desnivel en la zona oriente es apostar por tiempo digno para las familias, por una ciudad más equitativa y por una movilidad que transforme el oriente e impacte la vida cotidiana de millones, y con ello, avanzar hacia una metrópoli más justa, funcional y humana.




