Durante el largo y oscuro periodo neoliberal, la administración pública en México fue reducida a dos dinámicas perversas, por un lado, una tecnocracia fría, desarraigada de las necesidades del Pueblo y entregada a los negocios privados; por el otro, un botín político de facciones donde las dependencias gubernamentales se repartían como feudos. Al llegar un nuevo titular a cualquier secretaría o dirección, la norma no escrita dictaba el exterminio de la estructura laboral, profesionistas talentosos, responsables y con años de experiencia eran echados a la calle de un plumazo para dar cabida a los amigos, los recomendados y las cuotas de grupos. Ese canibalismo burocrático no solo destruía el patrimonio de cientos de familias trabajadoras, sino que garantizaba la ineficiencia crónica de un Estado diseñado para saquear, no para servir.
Hoy, en la consolidación del Segundo Piso de la Cuarta Transformación bajo el liderazgo de nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum, somos testigos de una revolución silenciosa pero profunda, el nacimiento de una nueva administración pública donde lo público ha vuelto a ser, por fin, un sinónimo de orgullo y excelencia.
La llegada de este nuevo modelo de gobernanza bajo el Humanismo Mexicano ha puesto fin a la encarnizada pelea por las plazas y al sectarismo de grupos. El mérito de esta era radica en una premisa elemental pero transformadora, el trabajo, el talento y el compromiso diario se respetan. En esta nueva administración pública, las y los servidores de la patria que demuestran capacidad profesional, honestidad y una profunda responsabilidad en sus labores ya no son vistos como piezas prescindibles de un tablero político, sino como el motor indispensable para sacar adelante nuestro proyecto de transformación nacional.
Este cambio de paradigma es el reflejo más fiel de una visión científica y humana del ejercicio gubernamental. Nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum ha dejado claro que la lealtad al movimiento no se demuestra en la intriga de pasillo ni en el desplazamiento de compañeros, sino en la entrega diaria para que los hospitales funcionen, los programas sociales lleguen a tiempo, la tecnología esté al servicio de la gente y los trámites dejen de ser un calvario para el Pueblo. Al proteger y reconocer a los profesionistas valiosos que operan la maquinaria del Estado, la Cuarta Transformación no solo hace justicia laboral, sino que blinda la continuidad de las políticas de bienestar que sostienen el proyecto de transformación nacional.
La derecha, nostálgica del influyentismo que imperaba en la vieja estructura del PRIAN, observa con frustración esta madurez institucional. Ellos apostaban a que el cambio de gobierno desataría el caos y las rupturas internas por el reparto de cargos. Se quedaron esperando. La administración pública de la transformación se consolida hoy como un espacio de puertas abiertas, de estabilidad y de profesionalismo, donde se erradicó la corrupción desde las cúpulas pero se cuida el esfuerzo de las bases.
Hacer de lo público un reflejo de excelencia es el mayor legado administrativo de la Cuarta Transformación. El servicio público ha dejado de ser la vía rápida para el enriquecimiento ilícito o el refugio del oportunismo; hoy es el espacio donde el talento técnico y la conciencia social se abrazan para transformar realidades. Hoy en México celebramos que el trabajo honesto se defiende y que cada servidora y servidor público tiene la certeza de que su esfuerzo diario es el cimiento indestructible sobre el cual se construye la grandeza y la soberanía de la Patria.
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