La reciente disminución en la afluencia de visitantes reportada por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) en recintos como los Manglares de Nichupté o el Parque Nacional Costa Occidental, más que interpretarse como un simple tropiezo estadístico, debe asumirse como el síntoma ineludible de un modelo turístico tradicional heredado por el neoliberalismo que exige evolucionar.
Este desafío, transversal a diversas áreas de conservación en el país, le brinda una oportunidad inmejorable a la política ambiental de la Cuarta Transformación para profundizar su visión, transitando hacia una perspectiva integral de justicia social donde la infraestructura y los servicios permitan que nuestra riqueza natural se traduzca en prosperidad directa para las comunidades.
En esta necesaria reconversión, el Área de Protección de Flora y Fauna de Yum Balam asume un protagonismo natural. El norte de Quintana Roo concentra una inmensa riqueza biocultural que tiene el potencial de sostener una nueva visión de desarrollo regional, siempre y cuando sus ejidos y pueblos originarios asuman un rol protagónico en el diseño de proyectos productivos sostenibles, de muy baja densidad. Realizado bajo la estricta vigilancia del Gobierno de México, estas alternativas de turismo sustentable no solo hacen más atractivas a las localidades, sino que garantizan que la derrama económica se arraigue en la región que la genera, cerrándole el paso a la especulación de los grandes capitales.
Lejos de la visión restrictiva del pasado, debemos recordar que las Áreas Naturales Protegidas son territorios vivos donde convergen ecosistemas frágiles, la propiedad social de la tierra y la cultura de nuestros pueblos. Por ello, la verdadera conservación posee una dimensión profundamente social; salvaguardar la naturaleza resulta imposible si no se generan las condiciones materiales para que las familias guardianas de esos territorios puedan vivir con dignidad, participar activamente en la toma de decisiones y acceder a alternativas económicas sólidas sin verse forzadas a abandonar su patrimonio.
Para el caso específico de Yum Balam, el Humanismo Mexicano puede materializarse a través del impulso al turismo rural, la interpretación ambiental, la gastronomía maya y la observación respetuosa de flora y fauna. Fomentar esquemas de muy baja densidad permite fortalecer la economía ejidal sin repetir los errores de la urbanización intensiva y depredadora, creando cadenas de valor que aseguran que el cuidado del entorno se convierta en la principal fuente de ingresos para quienes han habitado históricamente la península.
Entender la justicia territorial implica, precisamente, erradicar la vieja práctica prianista de concentrar los beneficios del patrimonio natural en manos de corporativos ajenos a las comunidades. Las instituciones del Estado tienen hoy la noble tarea de acompañar y facilitar estos procesos desde la política pública, haciendo sinergia con la capacidad de organización y el conocimiento ancestral que aportan los ejidos y las cooperativas, dando como resultado un tejido económico que asume la preservación ecológica como el cimiento del bienestar colectivo.
Frente al caduco modelo neoliberal impulsado por el prianismo, que se empeñó en divorciar la conservación ambiental de las necesidades reales de la población para justificar el despojo, la actual transformación del país recupera el valor estratégico de la propiedad social.
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El reto que tenemos por delante es hacer equipo desde las bases para consolidar una política ecológica donde el cuidado de la madre tierra, el desarrollo regional incluyente y la dignidad del pueblo conformen, de una vez por todas, un mismo proyecto de nación.




