La política, en su sentido más puro, no es el arte de gobernar desde las alturas, sino el deber moral de servir a ras de suelo. Hace unos días, la realidad nos puso a prueba en Atizapán. En la colonia San Miguel Xochimanga, la ruptura de una tubería no solo trajo agua y lodo; en cuestión de minutos, arrebató la tranquilidad y el patrimonio que a tantas familias les costó una vida construir.
Ver el daño dentro de los hogares y la angustia en los rostros de mis vecinos reafirmó en mí la razón profunda de estar en el servicio público: la certeza inquebrantable de que el dolor de uno debe ser el dolor de todos.
Hoy tengo más claro que nunca que el servicio requiere una sensibilidad distinta, esa que pone al ser humano en el centro de toda decisión. Es seguir la enseñanza que sembró Andrés Manuel López Obrador y que hoy profundiza nuestra Presidenta, la Doctora Claudia Sheinbaum Pardo: el poder solo tiene sentido y se convierte en virtud cuando se pone al servicio de los demás, especialmente de quienes menos tienen.
Esa visión del Humanismo Mexicano nos dicta que, ante la adversidad, por el bien de todos, primero los pobres. Y en esta inundación, la prioridad absoluta son aquellos que quedaron vulnerables, luchando por rescatar sus pertenencias entre el agua. No se puede hablar de justicia social desde la comodidad de una oficina; la justicia se construye en el territorio, con la pala en la mano y las botas puestas.
Por eso hemos estado ahí, sanitizando viviendas, limpiando calles y sumando esfuerzos en la reconstrucción. No lo hacemos para la fotografía, sino por responsabilidad. El amor por nuestra tierra no es un discurso abstracto; es la acción concreta de asegurarse de que ninguna familia duerma con la incertidumbre de sentirse abandonada.
Hago un llamado a la empatía colectiva. Atizapán necesita que entendamos que la política vieja —la de la distancia y el protocolo— ya no tiene cabida. Hoy se requieren manos que ayuden y corazones que sientan.
Sanar las heridas de nuestra comunidad tomará tiempo, pero lo lograremos. Mi compromiso es mantenerme firme en el territorio, trabajando hombro con hombro, hasta que cada hogar recupere su paz. Porque al final, lo único que importa es que sepamos que, en los momentos difíciles, nos tenemos los unos a los otros. Eso es la verdadera transformación.
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