Uno aprende con los años, y con las derrotas ajenas, que los movimientos no se caen de golpe. No hay un día exacto en que se pierden; se desgastan lentamente, como se desgasta la fe cuando ya no se cuida.
La izquierda mexicana conoce bien ese camino. Sabe lo que cuesta ganar territorio, organizar conciencias, tocar puertas que durante décadas estuvieron cerradas; por eso, hoy que somos mayoría política y gobierno, el desafío no es crecer sin medida, sino no desdibujarnos. Porque el verdadero riesgo no está afuera: está dentro.
Quienes estuvimos desde los primeros trazos del proyecto recordamos algo esencial: antes de ser cargos, fuimos ideas; antes de ser estructura, fuimos causa; antes de ser poder, fuimos ética. Ahí está, aún disponible para quien quiera revisarlo con honestidad, el Proyecto Alternativo de Nación: un documento público donde quedaron plasmados los principios que nos dieron identidad cuando no había reflectores ni presupuestos, pero si convicción.
Austeridad que no era discurso, sino conducta; honestidad entendida como práctica cotidiana; cercanía real con el pueblo, no como consigna, sino como forma de vida.
Hoy, sin embargo, algo se ha ido tensando. No en el corazón del pueblo, que sigue ahí, sino en ciertos comportamientos que empiezan a parecerse demasiado a aquello que prometimos no repetir. Personajes sin historia en la causa, excesos que se normalizan, incongruencias que se justifican con el argumento cómodo del "asi es la política".
Y no; eso no es la política que imaginamos, ni es la política que escribimos. No lo digo desde la tribuna del reproche, sino desde el lugar más incómodo: el de la autocrítica; porque cuando el movimiento tolera lo que contradice su esencia, no pierde primero elecciones: pierde autoridad moral. Y cuando eso ocurre, el territorio electoral se vuelve prestado, frágil, reversible.
Lo advirtió con una claridad que dolió, pero que hacía falta, Miguel Torruco, cuando dijo: "Hay figuras innombrables en nuestro movimiento, que nos están haciendo daño." Esa frase no señala con el dedo: enciende una luz amarilla. Nos recuerda que la historia no perdona la simulación y que el pueblo puede aguantar errores, pero no traiciones éticas.
La izquierda no puede darse el lujo de parecer aquello que combatió durante décadas; no puede confundir pragmatismo con renuncia, ni gobernabilidad con silencio. Cuidar el movimiento no es excluir: es ordenar, formar, recordar.
Recordar de dónde venimos. Recordar qué escribimos cuando no teníamos poder. Recordar que cada exceso tolerado es una grieta, y que las grietas, tarde o temprano, se convierten en fracturas.
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