Lamentablemente, el machismo hacia la presidenta todavía se resiste a respetar la investidura presidencial como mujer y a las mujeres en el país. A pesar de vivir en tiempos de cambio, donde las mujeres han conquistado espacios antes impensables, aún persisten voces que no soportan que el poder tenga rostro femenino. No se critica su trabajo, su agenda, ni sus propuestas: se critica su género, su voz, su forma de vestir, su tono, su sola existencia en el lugar más alto de la vida pública nacional.
Lo que estamos viendo no es un debate político legítimo, sino la expresión más clara de un machismo que se niega a morir. No es casual que los ataques más duros no se centren en su gestión, sino en su condición de mujer. Porque para muchos, el poder sigue perteneciendo a los hombres; y que una mujer gobierne, decida y marque rumbo, representa un desafío a ese orden obsoleto.
Pero también hay que decirlo: esta reacción violenta es prueba del avance. Cada comentario misógino, cada crítica basada en estereotipos, cada intento de minimizar su autoridad, confirma que estamos tocando fibras profundas, que estamos rompiendo paradigmas. Y, sobre todo, que la lucha feminista no fue en vano: hoy tenemos una presidenta, y eso es histórico.
Respetar a la presidenta no es un acto de simpatía política, es un acto de respeto a la democracia y a todas las mujeres de este país. Porque cuando se ataca a una mujer en el poder por el hecho de ser mujer, se ataca a todas. Y cuando se defiende su derecho a gobernar, se abre camino para las que vienen.
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El machismo no va a desaparecer de un día para otro. Pero tampoco podrá detener lo inevitable: las mujeres estamos aquí, estamos gobernando y estamos transformando. Y eso, quieran o no, ya no tiene vuelta atrás.




