Existen patriotas que alzan la voz y luchan por la dignidad, la justicia y la igualdad de su nación. También existen los alienados o indiferentes, aquellos que viven desconectados de su realidad social y política, ondeando la bandera del “si no me afecta a mí, no me importa”. Sin embargo, de estos últimos emergen, en tiempos de crisis y bajo una idea colonizada, quienes abandonan su patria, la venden y perpetúan la dependencia hacia otras naciones. A ellos se les conoce como traidores: reciben recompensas mediáticas sin considerar que el pueblo que se somete, perece.
Lo ocurrido la madrugada del tres de enero de dos mil veintiséis en Caracas, Venezuela, con la denominada “Operación Resolución Absoluta”, fue un mensaje para todos los pueblos de América Latina: entregan sus recursos naturales o serán invadidos. Peor aún, si algo incomoda o perjudica los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos, habrá intervención militar. En ese escenario oscuro surgen los apátridas y traidores que, tomando como ejemplo al país caribeño, consideran que una intervención en nuestra Nación mexicana debería perpetuarse, ignorando abiertamente la historia de nuestro pueblo y la de América Latina.
El principio de soberanía significa que cada Estado tiene autoridad exclusiva sobre su territorio y sus asuntos internos, sin intervención externa. Este principio se encuentra consagrado en diversos documentos internacionales. La Carta de las Naciones Unidas (1945), en su artículo 2, numeral 1, establece la igualdad soberana de todos los Estados; el numeral 4 del mismo artículo prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. Asimismo, la Carta de la Organización de los Estados Americanos (OEA), en su artículo 19, prohíbe la intervención en los asuntos internos o externos de cualquier Estado miembro, y en su artículo 21 reconoce la inviolabilidad territorial. Estos instrumentos forman parte del corpus iuris que regula las relaciones interestatales contemporáneas y prohíben la intervención militar no autorizada.
Ambos instrumentos fueron ratificados por Estados Unidos y por los países de América Latina. No obstante, con la reciente intervención militar estadounidense en Venezuela, queda en evidencia que el derecho internacional opera, en la práctica, conforme a los intereses de esa nación. Dicha intervención constituye una violación clara del derecho internacional por diversas razones: el uso de la fuerza sin autorización de la ONU —pues la Carta de las Naciones Unidas solo lo permite en casos de legítima defensa o con autorización del Consejo de Seguridad, inexistente en este caso— y la violación directa al principio de soberanía al ingresar a territorio venezolano sin consentimiento del Estado, contraviniendo el artículo 2 de la Carta de la ONU y las disposiciones de la Carta de la OEA sobre no intervención y territorialidad.
Pese a la existencia de instrumentos internacionales que regulan las relaciones entre Estados, hay quienes siguen creyendo que la intervención militar es la vía para resolver asuntos internos. Olvidan su pasado, creen el relato del villano que se hizo bueno y rompen el pacto histórico con su pueblo. Niegan la identidad colectiva, se colocan del lado del opresor y facilitan los planes del más fuerte, abandonando todo vínculo con su cultura y su historia. Como la Malinche, se convierten en puente y herramienta para aniquilar toda forma de independencia y facilitar la colonización: “Oh, maldición de Malinche, enfermedad del presente, ¿cuándo dejarás mi tierra?, ¿cuándo harás libre a mi gente?”
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Este capítulo de la historia es el eco del pasado. La diferencia entre aquel 2 de febrero de 1848, con el Tratado de Guadalupe Hidalgo, y el presente, es que hoy existe quien representa los intereses de nuestra nación como pueblo de México. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo lo ha dejado claro: “Colaboración sí, subordinación no”, y con ella, un pueblo que la respalda. Por su parte, a nuestra América Latina aún le queda mucho por aprender; frente al mensaje claro de Estados Unidos, solo queda la dignidad para defender nuestra historia.




