El 26 de marzo de 2026 la Suprema Corte de Justicia de la Nación ratificó, con siete votos a favor y dos en contra, la función ecológica del territorio. Así confirmó la constitucionalidad del decreto de 1994 que declaró Área de Protección de Flora y Fauna la Reserva Yum Balam y su Programa de Manejo. Apenas semanas después, las autoridades federales decomisaron lanchas y kayaks en la misma zona por extracción ilegal de especies protegidas.
La coincidencia de ambos hechos revela una realidad que el pueblo de México entiende perfectamente. La defensa jurídica del patrimonio natural avanza con firmeza, pero la transformación de fondo todavía exige saldar una deuda histórica con las comunidades que habitan esos territorios.
La caza furtiva y la pesca ilegal que persisten en Holbox son consecuencia de un modelo neoliberal que durante décadas convirtió la conservación en una política de prohibiciones, abandono institucional y exclusión social. Se impusieron restricciones sin construir alternativas productivas para los ejidatarios, pescadores y familias trabajadoras del norte de Quintana Roo, dejando a muchas comunidades atrapadas entre la precariedad y la presión económica.
La sentencia de la Corte es firme. No hay expropiación y los ejidatarios siguen siendo dueños de su tierra. Lo que sí establece son límites claros al uso, disfrute y aprovechamiento de los recursos, porque el interés público y la preservación del equilibrio ecológico están por encima de cualquier otro.
Yum Balam merece esa protección irrestricta. Sus manglares, pastos marinos, tortugas, manatíes y jaguares representan una riqueza biocultural invaluable para Quintana Roo. Defender ese ecosistema es un acto de soberanía ambiental y de justicia intergeneracional.
Sin embargo, ninguna política ambiental puede sostenerse plenamente si no incorpora bienestar social, justicia territorial y oportunidades reales para el pueblo. Holbox dejó de ser hace tiempo un pequeño poblado pesquero aislado y se convirtió en uno de los destinos turísticos más importantes del Caribe mexicano. Pero mientras el desarrollo económico se concentró en unos cuantos sectores, muchas familias siguieron enfrentando rezagos históricos y falta de alternativas sustentables.
Por eso, la Cuarta Transformación plantea un cambio de paradigma. Proteger la naturaleza sin abandonar al pueblo. El objetivo no es regresar al viejo modelo depredador que privatizó costas y destruyó ecosistemas en nombre del mercado, sino construir un desarrollo ordenado, sustentable y con participación comunitaria auténtica, donde el bienestar colectivo vaya de la mano con la conservación ambiental.
El turismo de bajo impacto regulado, la pesca artesanal certificada, los proyectos productivos comunitarios y el aprovechamiento responsable de recursos locales pueden generar ingresos dignos sin tocar los manglares ni la laguna. Cuando las familias de Holbox, Chiquilá y los ejidos vecinos sientan que su prosperidad depende directamente de la salud del ecosistema, la conservación dejará de ser una orden desde afuera y se convertirá en algo propio, en un interés que les conviene cuidar cada día.
Yum Balam ya demostró que proteger sin incluir solo genera tensiones y resistencias. Debemos unir la función ecológica constitucional con un desarrollo real, participativo y lleno de beneficios tangibles para las comunidades del norte.
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